sábado, 24 de marzo de 2007

Erase una vez que fue...




UN DÍA EN LA VIDA


Al fin se desprende de la vaina, como una de esas palomas de Magritte, al surgir entre la hierba.
Hace un minuto seguía siendo capullo que brotaba; no de una planta, propiamente dicho; tampoco de un insecto, un animal.
Es un ser, y piensa en otro nivel, de manera rudimentaria, a pesar de su diminuto tamaño.
Su pequeño cerebro, apenas desarrollado, le alcanza para aceptar una extraña clase de armonía bien adaptada a una extraordinaria vulnerabilidad ante el miedo. O lo que es lo mismo, se siente satisfecho de su brote; también asimila, con singular instinto, que tarde o temprano todo terminará para él; volverá a ser como si nunca hubiera sido; sin hembras ni machos ni cópula. No conoce el temor.
Mide un poco menos que la sombra de las hojas, inmóviles en el suelo; es idéntico a trillones como él, que no esperan al viento ligero para tapizar la tierra de ocre y blanco. Vislumbra la altura de la vaina –su madre, de alguna manera– que sin prisa, eleva esos brazos, como elipse semi-perfecta, cargados ahora de simples cáscaras; formando horizonte a una luna baja que ilumina la lejanía junto con otros dos satélites: uno de ellos en la cumbre del cielo, a manera de sonrisa blanca; el otro lleno de leche, al lado opuesto del llano; provocando las tres lunas, ciclo tras ciclo, como dignísima trinidad, el brote de capullos sin nombre; y es que en este lugar aún no surge la mente capaz de idear un lenguaje para el cenit, el cuarto creciente o los puntos cardinales.
La luna que asoma también luce plena de néctar, opacando el brillo lejano de una Supernova y lo que se podría catalogar como constelaciones en formación; incluso otra majestuosa espiral vecina, derramada; se eleva ligera hasta lograr el máximo nivel de luz nocturna en la estación tibia, suficiente para admirar el milagro.
No hace mucho, esta original forma de vida eran algas en mar abierto; la tierra firme terminaba de desfogar su calor en volcanes y cataclismos; hasta que la variedad en mayor evolución, de plantas de mar, comenzó a adaptarse al aire, transformando sus esporas color violeta, habituándose al agua dulce de los ríos, en el primer ensayo sin escamas, con pulmones; terminando, paso a paso, para siempre, con esa terrible aridez del planeta.
Así ha venido sucediendo desde hace unos cuantos miles de años. Esa singular forma que surge de un botón; que varios siglos después se convertirá en polarizado hermafrodita, nace, contempla, se emociona y muere al sentir la primera caricia del sol –un sol descomunal, gigantesco–; sin saber nada el uno del otro, a pesar de que su complacencia permite la mutua observación; reconociendo su idéntica forma, se intuye único, como su sencillo objeto de estar vivo: seguir abonando esta dura tierra para otras especies, lo mismo en evolución o ideadas de súbito; en ambos casos, adaptándose mejor, para dar frutos superiores, bestia, alimaña o vegetal; cerrándose así el círculo del plan perfecto de vida, sin azar, a perpetuidad.
Pero el secreto de las algas transformándose en vaina no llegará a ser al menos enigma para la mente posterior, capaz de idear la palabra, por desconocer el origen del todo armonizado –los seres de ocre y blanco siguen llevándose el secreto; a la vez que desconocerán por siempre su sencillo cometido a futuro.
También se reconocen únicos respecto a su singular instinto cerebrado de ser feliz, manso, obediente; asimilando que todo se acabará para ellos sin remedio, sin huella ni trascendencia. Disfrutan del espectáculo nocturno de las lunas, entre el arrullo de su planta. –¿Existe mayor emoción a esto?

Al igual que el pasado verano, germina el brillo renovado de ese sutil sonido que logra armonizar el sentir, invitando a más y más algas a respirar; a la vez que propicia la formación de capullos en insospechada planicie, cordillera y el eventual desierto del gran y único continente. Es cuando la raíz de las plantas vierte su semilla en otros rincones.
Nada se mueve, todo ronda. En el extremo del horizonte, por donde se asomara la tercera luna, unas nubes alargadas se iluminan de anaranjado cálido; a la vez que los astros, sobrevivientes a la noche, palidecen; uno en lo alto, lleno, el que surgiera al anochecer; el otro, tan rojo, a punto de partir, modifica su blanca sonrisa por la hoz, sentenciando el destino.
El rocío cubre el plumaje de la paloma adormecida, retornando su mente simple al cosmos que nada olvida.
La hierba despierta en la sabana, mientras la evolución prosigue su plan: por primera vez en el planeta, surgen unos pétalos suaves, con cierta viscosidad, sin espinas en su tallo alargado, dispuesto a enredarse en el horizonte marchito; y no cesará en su afán hasta matizarlo de ocre y blanco.

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