sábado, 7 de julio de 2012

Antítesis



         

ANTÍTESIS


Pontificia Universidad Católica de Chile
Tesis propuesta para obtener la Licenciatura en Historia
Título: “Importancia de los Detalles en la Interpretación de la Historia”
Autor: Ornaldo Briseño Leónidas
Tutor: La heroica hinchada futbolera del pueblo chileno.
Fecha: 24 de Enero de 2013

Agradecimiento:
A un profesor –él sabe quién es.
Sin más, a la Facultad de Historia, Geografía y Ciencias Políticas de mi Universidad. Gracias a ella, ahora conozco la identidad de aquellos chilenos ilustres que aparecen en los billetes de curso legal, en mi patria.

Introducción:
Pudo haber sido prólogo; pero nadie quiso ayudarme a escribirlo. En toda forma, es tan sólo una nota aclaratoria.
Una introducción me parece innecesaria. La hipótesis que defiendo, el objetivo y hasta la metodología utilizada se vislumbran; y con un poco de sentido común, se entienden a cabalidad. Igualmente sucede con la inútil especificación de capítulos –siguiendo siempre la línea de lo general a lo particular, como ordena la regla-. Los títulos y subtítulos serían un exceso -ante todo la pulcritud literaria, señores.
No necesité consultar ninguna fuente escrita para el presente trabajo; por lo tanto me permito abstenerme, igualmente, de enlistar una posible bibliografía -¿seré el primer caso cien por ciento práctico en demostrar una tesis?
Las conclusiones a las que llegué se mezclan, por ahí, con el desarrollo de la misma. ¿Por qué no modificar el orden de los factores, si no se altera el producto? Sobre todo si éste es innovador.

Una semana antes de comenzar a darle forma al primer borrador manuscrito de este argumento, fui invitado, aquí en Santiago, al partido de fútbol entre las selecciones de Chile y Perú, eliminatorio para el Mundial de Brasil, en el 2014; y a partir de que iniciara, formalmente, dicha redacción, sepan todos que tuve presente el perdón anticipado, que ahora ofrezco, al Honorable Jurado, y hasta al ex arzobispo de nuestra ciudad, Monseñor Mariano Casanova, fundador de la Universidad Católica en 1888.
A pesar de lo anterior, y aunque por momentos parezca lo contrario, mi intención no ha sido satirizar, ni mucho menos burlarme de nada, de nadie.
Cabe aquí, según mi sentir, citar a un escritor ruso: Iván Bunin (Vorónezh, 22 de octubre de 1870; París, 8 de noviembre de 1953), quien en su novela “Las Tribulaciones de Tijon Illich” acierta al decir que “… Hay tanta gente en el mundo como estrellas en el cielo; la vida es tan corta, con tal rapidez nace, crece y muere la gente; se conocen tan poco unos a otros y se olvidan tan pronto de todo lo pasado, que si uno se detuviese a meditar profundamente acerca de esto, podría volverse loco…”

Así las cosas, a continuación desarrollaré mis opiniones y puntos de vista; válidos, por demás, creo yo, partiendo de mis excelentes calificaciones, con menciones de honor, durante toda la carrera.


                                                        Primera Parte
Quizás algunos de los miembros del Honorable Jurado asistieron, también, como yo, a presenciar el triunfo de La Roja ante Perú, el pasado once de octubre.
De lo que sí estoy seguro es que no habrá faltado quien lo siguió por televisión, desde casa o en el restaurant de su preferencia. O ¿qué me dicen de las reseñas, al día siguiente, en los diarios de la capital; de toda Latinoamérica?
Mi pregunta va dirigida a estos dos últimos casos: ¿No les quedó la sensación de que les faltó algo? Como que al disfrutarlo en una simple pantalla de plasma, o remitiéndose al resumen de El Mercurio se quedaron irremisiblemente con ganas de ese “extra”, de algo más. ¿O no?
Ese “no sé qué”, traducido en los simples Detalles olvidados; o lo que resulta peor: omitidos en unanimidad, sin el mínimo orden de importancia histórico-social.

Para que me vayan comprendiendo mejor, en seguida intentaré salvar, de manera sintetizada, la parte estratégica de cada uno de estos Detalles, aquella noche del partido, desde el sector Andes, en el Estadio Nacional, observados por mí; o al menos los que recuerdo, los que me parecieron relevantes –pésimo enunciado, este último, para la Historia, ¿no creen?-; excusándome, de antemano, por la omisión subjetiva de otros más. –Y es que esta vez nos tocó ganar –corta frase que le ha encantado siempre a la Historia Escrita.
(Para que el presente trabajo estuviese completo, haría falta el testimonio de, al menos, uno de los cientos de hinchas peruanos que, entusiastas, terminaron de colmar el Nacional. La visión del vencido; tan importante de escuchar como en cualquier pleito, dentro o fuera de la ley; y de esta manera recoger el suceso íntegro, absoluto, cabal, rotundo. -Perfecto nunca; porque claro, los peruanos, como nosotros, se dejarían llevar por lo que les pareció relevante, porque les tocó perder.


1.- El aroma a tabaco, el cigarrillo en las manos nerviosas que disfrutaban, a ratos, de ese cálido viento con ráfagas del poniente; haciéndonos hermanar en el beneplácito del clima. Ese olor escurridizo que de pronto me llegó a Phillip Moris rojos –alguien, por ahí, se estaba fumando un Gitanes; o quizás era un More de importación-. Cigarro exprimido en los labios del obrero, el empleado, el poderoso -combinación-hermandad sui géneris que, hoy día, sólo el fútbol nos ofrece en Chile-; como a nuestros bisabuelos los impregnara el olor a leña, a estiércol -a pólvora, en esos malditos recuerdos que ustedes se ufanan en vanagloriar como los más importantes.
Tufos y buqués que introducen, le obsequian otra perspectiva, hasta pueden modificar el sentido de cualquier acontecimiento al comprometer los sentidos y agudizar el fervor. Detalle tan importante para interpretar la mínima peripecia o evento.

2.- El perfume barato que de pronto hace voltear la mirada -“cualquier fragancia delicada sabe a gloria, en medio de la guerra”, podría haber afirmado un soldado, en la Batalla de Chacabuco-; como el perro que husmea la coordenada perfecta del hueso, en el asado de su amo.
En cuestión de segundos, docenas de hombres blandos, con manos suaves –en mayoría- y los ojos en un solo punto, allá abajo, un poco a la izquierda, admirando aquella chica en completa exhibición primaveral de su belleza; enfervorizando potencialmente la expectativa del juego.
Y nunca falla, por cierto: en reprochable compañía masculina la fémina inquietante; ¿un político; empresario?, ¿el último ganador del Kino? ¡Vaya usted a saber, doña Futura Historia devaluada!

3.- Por otra parte, y en divergencia absoluta, los garabatos a mil de esa gran mole fusionada en rojo.
 Barítonos sublimes que a ratos rayaban en un agudo de la hinchada de la U, del Colo-Colo y, por supuesto, de nuestra Católica; sin faltar Santiago Morning. ¡Presentes los partidarios de todo equipo de primera, segunda y hasta tercera división chilenas! El más humilde amateur de Huechuraba o Puerto Williams estaban ahí, en gama imaginativa, ocurrente, metiéndole esa presión estratégica hacia los árbitros de la FIFA; sin el mínimo interés económico o político –dúo de gran provecho del que se ha servido la Historia Oficial.
La soberanía del orgullo chileno, quiérase o no, estaba en juego -¿o qué, hacen falta las armas para consolidarlo, para que logre ser considerado como Historia Nacional?
Un grupo importante de historiadores contemporáneos, de renombre, coinciden en que las contiendas deportivas actuales, a nivel país, son el equivalente, han tomado el lugar, en el sentido más pulcro, civilizado –no menos enjundiosas en el espíritu-, de las antiguas guerras regionales.
¿Hay que darle tanta importancia a que Evo Morales meta ruido populachero, reclamando su parcelita de mar; o es suficiente con la exhibición de hombría que la Roja dio en La Paz, el dos de junio pasado, y en el Nacional el once de octubre?
Si bien la Historia conocida, en toda época, ha sido una función de títeres, desde hace unos treinta años que se les están desatando los hilos a éstos; y nadie parece darse cuenta. Para los conservadores de las buenas conciencias, el asunto “es preocupante”. Para Camila Vallejo es más que interesante –no le aseguro a ella el lugar que se merecerá en la Historia del mañana, si el criterio para seguirla escribiendo es modificar su propio fin bastardo.

4.- Ese sol primaveral que a ratos “no calienta, pero cómo quema” –decía mi abuela.
¡Se nos escabullen, cínicas, muchas páginas de Historia Oral, caballeros! ¡La esencia de la propia Historia!
Sol vespertino; haciendo la fila nosotros para entrar al estadio; mucho antes de que abrieran las puertas.
Nunca nos cansamos de saltar, al lado del Pirulo, a grito de guerra; y no precisamente evocando, haciendo frente al legado de un lejano, perdido entre brumas O’Higgins, o un Pedro de Valdivia –por más que se lea sobre ellos, en la extensa literatura que para el efecto existe, no es posible sentirlos, entenderlos, interpretarlos en la más básica postura, en cabal personalidad; y por lo tanto, en intensión verdadera –su historia engaña.
Afuera del Nacional, no teníamos el mínimo beneficio personal de por medio; mucho menos esos  intereses mezquinos que, en buen número, le han dado nombre a nuestras calles, desde hace siglos.
Creo que el Chile-Perú que aquí nos concierne, separándolo del barato fanatismo -¡que por supuesto contiene!; no soy leso-, ha sido uno de los momentos más sublimes en el devenir de nuestro terruño; por causa-efecto de ese “qué sé yo” que esa noche se sintió en las tribunas.
¿Volvió a tomar nota, doña Historia Futura, de dudosa reputación?

5.- Los gritos potentes, a ratos furiosos de ambos porteros –la pimienta y hasta la albaca en el campo de juego-, intentando ordenar su respectiva línea defensiva.
Por otro lado, necesarios eran los alaridos salvajes de cada técnico-energúmeno en las bancas –orégano perfecto para el aliño magistral-, al mejor estilo –no exagero- de la Inquisición. –Me hubiera gustado leer el trasfondo de la reseña respecto a este detalle, en El Mercurio o La Tercera, con el estilo-disección de Joseph Conrad, a manera de bitácora, en mar abierto.
Llegó un momento en que el propio Borghi estaba en el linde del paro cardiaco –contra su costumbre-. Y es que no era un partido más en las eliminatorias. El técnico chileno manoteaba el aire reclamando una espada –una tarjeta amarilla-; o para sacarle la chucha a Suazo; y ver si así podíamos todos imaginar lo que, seguro, sintió nuestro Libertador, más de una vez, en momentos clave; o hasta en su vida diaria; la cual, probablemente, matizó en más de un aspecto a todos los chilenos de su época; como también lo hizo Víctor Jara.
¿Han oído hablar de la Siquiatría Histórica? Si es negativa su respuesta, estaría dispuesto a inaugurarla. -Me sobra tiempo y vida para estudiar otra carrera.

6.- Se me olvidaba -¡oh, la gran expresión que debería repetirse hasta la cacofonía más desesperante, en todo ensayo histórico! (aprovecho para entregar otra disculpa por tener que repetir tantas veces, en mi trabajo, la palabra “historia”. ¿O deberé utilizar sinónimos cercanos a la idea, como leyenda, fábula, ficción, chisme o patraña?).
Se me olvidaba, decía: el ombligo redondito, tan redondito que la muchacha aquélla, del perfume barato,  al igual que nosotros, iba entrando en calor; ella entre los brazos de su pareja, en un círculo perfecto de sensaciones –me niego a llamarla “sexy”, por ser ésta una palabra abortiva sin cópula imaginatoria; aunque sexy sigue dando vueltas en uno que otro fácil, rebajado libro de “historias biográficas”, como la de Michael Jackson o Bill Gates.

7.- Así como en toda batalla, lo mismo en la antigua Jerusalén que en Vietnam, hubo soldados rebeldes, que no sólo se abstuvieron a salir de la trinchera, sino de casa –excepciones puntuales, como Muhamed Alí, al negarse a ir a la guerra, por convicción propia e ideología-: al lado mío, a ese viejo en tono moreno calcinado, parecían no interesarle las chicas –eran varias las bellas-, sin soltar el eterno puchito de entre sus labios hediondos en aroma; al igual que su bigote, crecido antiestético y blanco como la cordillera de Los Andes en deshielo; perfecto combinado con su rostro de arrugas que sugerían más perdición a un premio, laureles. Su nariz roja, como de viejo pascuero, parecía dolerle en los ojos, abiertos en rendija, como orgulloso Caupolicán criollo.
Este veterano, de tantas beligerancias en su tribuna, calcinado por los soles, no podía apartar del oído izquierdo, semi-cubierto de cabello alámbrico, y del cual emanaban pelos ensortijados, esa radio miniatura de la época de Carlos Caszely, que le seguía funcionando perfecto a pilas. El diminuto parlante le era suficiente para que Sebastián, “Tatán” Luchsinger, de Radio Bio-Bio, le confiara al abuelo santo y seña del partido, en fondo y forma punzante  -mucho más de lo que Fox vociferó durante el mismo; a pesar de tanto detalle visual que la cadena mundial exhibiera con sus excelentes cámaras.

8.-  Potente, sordo y, a la vez, ensordecedor silbido, mezclándose con los cánticos de cuarenta y tantas mil almas saliéndose de sus cuerpos, en mucho más prontitud que la de Lázaro, imagino –posee, ingenua, tantas dimensiones la Historia-. Pero vamos,  ese agudo bufar nuestro, simplemente se lo llevó aquel ligero viento.
Y pensar que el general Douglas McArthur, durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo una segunda oportunidad, carnavalesca y absurda, para recrear su desembarco en el famoso “Día D”, porque en el original no había fotógrafo que lo inmortalizara. –¡No se haga tonta, doña Historia, usted bien lo sabe; como también ignora tanto!

9.- En el segundo tiempo, conato de bronca. Era de esperarse por las asperezas no sólo manifiestas, sino del roce individual, ésas que suelen darse fuera de cámaras.
Durante un minuto, o dos, aquello parecía un Circo Romano sin control. Es la verdad.
Claro, antes que otra cosa, deberíamos tener una idea potencial y viable -de primera, razonable mano-, respecto a los Detalles, omitidos y/o olvidados, reservados para los Emperadores de la Roma Antigua; expresos en carácter manipulador, indudablemente, en el pueblo romano; entre muchos otros aspectos; como alguna exquisita fragancia femenina, afrodisíaca entre el Imperio, en sus famosos baños públicos; y hasta el ombligo redondito que, a mansalva -¡por supuesto!-, modificó, alguna vez, el curso en el linaje de los Césares.
Hoy día, la rabia morbosa del pueblo es idéntica; en distinto matiz, decibel, intensidad; pulcra, por llamarla así, en el enjambre de profesionalismos que le dan forma –vamos, que es más de lo mismo, en el fondo aburrido, a una mayor velocidad que nos lleva al mismo punto, más rápido a la siguiente glosa o página de Internet en su iPhone.

10.- Nada parecido al Teatro Griego a cuando se nos fue la luz por un buen rato. Sólo un tercio de las lámparas del Nacional –que en ese momento parecía anfiteatro de Atenas- le declararon la guerra a la Era del Hielo –¡persistía el fallecido invierno, carajo!
Tregua nocturna en la trinchera-incertidumbre. El marcador estaba apenas uno a cero.

11.- Permítanme incluir en esta tesis, a suerte de hipótesis antropológica, ilustrativa de mi tiempo, la reivindicación de la Iglesia.
¿O qué no se supone que ahora somos, nosotros los chilenos, laicos del primer mundo?: al final, nueve carabineros descalabrados. Ningún Pastor Alemán, amaestrado, en el sicólogo.
Tres goles de La Roja, cero en contra. ¡Alabado sea Arturo Prat Chacón! –no niego que necesito, me encantan los billetes de diez mil pesos.
Los últimos peruanos, hasta allá arriba, cuidando que la banda roja de sus poleras no se manchara de sangre propia y ajena; al igual que en el Monitor Huáscar.
En la posta central, según supe, un puñado de monjas, banderas chilenas en mano, ayudaron a curar a los heridos.

12.- Hago énfasis en que mis recuerdos los he enumerado conforme me fueron llegando –peligroso factor para concederle un verdadero ancho y volumen a la Historia; porque esto no se trata de sumar o restar; mucho menos de multiplicar o dividir capítulos:
 “Retrocediendo de nuevo en el tiempo” –una más de las locuciones que se obstinan en confundirnos con la Historia-, independientemente de la ya mencionada manipulación de masas, que trae consigo un juego de la Roja, ¿por qué entonces no habrán cantado, sin solemnidad alguna, el himno nacional, momentos antes de comenzar a extraer el cobre –el litio- de nuestras minas? ¿O al inicio de la construcción de la Compañía del Ferrocarril de Copiapó, en 1849? ¿O… … …?
Créanme que los micrófonos hubieran jugado un papel irrelevante, en todos estos casos. -En el Nacional, el once de octubre pasado, fue sublime.

13.- Si la función principal de la Historia es conocer, comprender, interpretar a fondo el pasado, en un universo de datos máximo-mínimo suficiente; para a la vez conocernos, comprendernos e interpretarnos lo más pulcramente posible; y así evitar caer, como imbéciles en idénticos deslices, culpas, injusticias –que siguen sucediendo; excepto salvedades de uno que otro homo-sapiens que se salta el error (el genio)-, ¿por qué no, el chileno medio sabe algo, el más leve indicio, por ejemplo, de Matías Cousiño; o el perfil de abogado que brilló, antes de su paradójica muerte, en Arturo Prat?
¿Sabe alguien quién fue, y cuánto le debemos a William Wheelwright?
De la misma manera, me gustaría que mi pueblo supiera dilucidar, hasta el fondo de su sentir, la filosofía de la gran chilena y feminista Rosario Ortiz, conocida como “la Monche”, quien luchara contra Manuel Montt, en Concepción, durante el siglo XIX. Tremendo personaje adelantado a su época; por mencionar sólo a uno de tantos héroes cautivos de mi patria –creo que a ellos no les hubiera gustado este calificativo.
Más, mucho más podría escribir aquí; pero los Detalles me abruman, señor director de la Facultad de Historia, Geografía y Ciencias Políticas, de esta Pontificia Universidad Católica de Chile. -Actualmente mis compañeros luchan, en actitud histórica, por la educación gratuita.
Yo prefiero –me asiento, como el único bicho raro, parece, en este tiempo de futuros grandes cambios (los apoyo, por supuesto), ahora que voy de salida en la Facultad- exigir que no sólo la educación sea un privilegio de todo chileno, sino la Historia Verdadera, en lo posible, se convierta en una especie de espejo; ya sea que uno vea más allá del mar o las montañas; o dentro de sí, como sublime consecuencia. –Nuestros padres se perdieron de tanto; nos precedieron generaciones tan limitadas al respecto que, a veces, un chico de veinte años, en el metro de Santiago, carga con una mirada, en herencia, más dura que la de los viejos.
¿Es justo, cuando las cosas han cambiado tanto que, a veces, pareciera que deseamos retroceder a ese eterno odio, que ya debería haber sido superado?
Y sin embargo se mueve -el planeta…

14.- Propongo que le demos un respiro a esta expectación mía, netamente nacionalista.
Cuando estuve en México, dos años atrás, en calidad de turista, fui testigo de cómo los estadios de fútbol hierven en cerveza –además de licores diversos que la policía deja pasar sin el menor control; como las famosas botas de cuero, repletas de ron.
La protesta, más que airada de la hinchada, contra un abanderado, se traduce en otro baño cotidiano, ipso-facto, de alcohol y otros líquidos de dudosa procedencia urinaria.
La chica sexy, en esa nación, puede correr la suerte de mostrar sus senos en un diario del D.F., mientras no llegue la policía por ella; pero habría que ver si ésta se la puede llevar detenida: su gente, las barras la protegerá sin tregua –es más, contadas veces cargan a alguien; excepto cuando hay peleas; y a veces, ni así.
Al medio tiempo, si el estadio está lleno, hasta en los lavamanos se orinan los caballeros en los baños -¿qué sucederá en los de las damas?-, en filas impresionantes que, a más de uno, le hacen perder el inicio del segundo tiempo.
Mil y un detalles en potencia, para concebir, así, nuestro verdadero tiempo individual en Latinoamérica; para que dentro de cien años descifren este período como una caricatura; tal y como nosotros volteamos hacia la Batalla de Maipú; o los argentinos, brasileños, etcétera, lo hacen en sus fechas conmemorativas oficiales, sin pormenores, complementos, pinceladas, verdades...
¿Sabían que a Miguel Hidalgo y Costilla, considerado el padre de la patria mexicana, durante la Guerra de Independencia, nunca le hicieron un solo retrato? No hay recuerdo de su fisonomía. Pero como era menester una imagen de él, bueno, resulta que el padre Hidalgo era muy parecido al doctor Samuel Hahnemann, teutón creador de la medicina homeopática… y qué quieren que les diga: ahí tienen en su Historia a la imagen y semejanza sacrosanta de Libertador mexicano, tiempo después de que a éste le cortaran la cabeza.
Otro detalle: Hidalgo no se rebeló nunca contra los ibéricos; sino que reivindicaba a Fernando VII, rey español; en contra de los franceses…
¿Me puede contar de nuevo la anécdota, doña Historia Oficial?, porque no la entendí bien. -Me temo que algo por el estilo sucedió en Chile…

Así las cosas, tal pareciera que seguirán igual las historietas a futuro. Pero, al menos yo, me niego a legar un crudo boceto a mi porvenir.




Segunda Parte

A finales del siglo XX surgió la frase aquella: “el fútbol es lo más importante de lo menos importante”.
Entonces, y en alegórica antítesis de esto, ¿por qué, si históricamente, los pueblos originarios de Latinoamérica han sido vejados, saqueados –exterminados-, ahora los vemos al revés: sobreprotegiéndolos –en simple teoría demagógica-? Mapuches, yaganes, alacalufes, por hablar sólo de los nuestros.
Seamos pulcros y agradecidos: los pueblos originarios representan, y han representado, lo menos importante de lo más importante; una diminuta plaga rentable, a la que nunca se le permitió fusionarse con el resto, a partir de la Conquista; al contrario a como sucedió en Europa, desde las Cruzadas.
¿Qué clase de análisis, con peso histórico, hemos hecho sobre el tema? ¿El resto del mundo se enarbola, como el latinoamericano, en este incoherente, dependiente orgullo precolombino, en pleno siglo XXI, cuando hemos convertido nuestra esencia en una especie de culebrón-telenovela?
Nuestra propia Historia escrita ha provocado, en buena parte, el retraso sicológico-social de la región.
¿Y aún así ustedes pretenden que yo me titule? – realmente deseo hacerlo, en antítesis absoluta.
Esta tesis devela la tomada de pelo que nos han dado a todos.
¿Por qué no enseñarle a nuestros jóvenes, en el colegio, al menos lo más trascendente de la gran obra de Jerónimo de Vivar; o en México su equivalente en Bernardino de Sahagún? Tremendos testimonios de los españoles que vivieron, en carne propia, la sociedad verdaderamente originaria de nuestros pueblos nativos.
Maquiavélico es, no el plan de la Historia –preciosa herramienta que aprendí a amar en mi universidad-, sino la insaciable masturbación del hombre.


Lo sé, me faltó vocación; pero además me sobran argumentos para ponerlos a todos ustedes en tela de juicio; porque yo he leído más que tan sólo historia.
Espero que mi trabajo sea valorado; además de archivado en el casillero correspondiente, en la biblioteca de la Facultad; independientemente de que mi tesis sea aprobada. Representa el antagonismo de ustedes mismos; y les proporcionará, seguro, vida propia, cuando intenten censurarme.

Pienso que todo ser humano pensante, embrollado en su conciencia, debería comprometerse en interpretar de manera profunda, absoluta, su particular espacio y período –¿pido demasiado?-; aunque no sea posible recuperarla a cabalidad por sus descendientes, debido a los Detalles clave, abrumadores, inalcanzables.
Quedará por ahí, dentro de cien años, el recuerdo de algún bisabuelo, benemérito de la Católica, nada más. Un desabrido resumen de mil páginas, en audio y video insuficientes; porque a todo esto habrá que agregar la manipulación, la edición; sin contar la inmediatez que vivirán, y que se esfumará como pompa de jabón barato.
Nuestros viejos siguen siendo la única fuente confiable para salvarnos del ayer, del meollo limítrofe; pero ellos también se olvidan, o fueron engañados por los Detalles.
La filosofía de la Historia se obstina en recordar lo olvidable; olvidando lo necesario.
El fin único de la Historia debe ser amparar lo básico entrelineado –no lo obvio-; e incluso se necesita de la omisión negligente, para que la generación que siga pueda evolucionar libre, sin el arrastre pesado de lo no necesario para ella.
El problema reside en que lo básico se nos va de las manos; mientras la Historia se obstina en registrar esa parte vaga, apática.





He llegado a pensar que tal vez sea otro mi tiempo: a veces quisiera convertirme en futurista –nunca en uno de esos absurdos profetas-. Más bien una especie de Isaac Asimov, o Aldoux Huxley de segundo nivel; independientemente de que a éstos les ha dando la razón la Historia, en reversa.
Mi profesor anónimo, durante parte de la carrera, me confió que el manejo que poseo sobre el lenguaje, aunado a mi buena sintaxis, eran importantes -¿para qué?, nunca me lo dijo. Tan sólo le llamaba la atención.
Bien sé que se refería a la literatura; sobre todo cuando recreé cierto episodio, “dándole personalidad propia, ancho y volumen interesantes a los personajes. En especial a Ignacio Carrera Pinto” –decía él.
En aquel trabajo me propuse evitar que Carrera Pinto subiera tres escalones, para luego bajar dos –acercándome en lo que se conoce como novela histórica. Hasta que mi querido profesor, en inolvidable gesto paternalista, y de gran recuerdo para mí, me hizo ver que había creado un cuento largo, interesante; que a nadie le ha importado leer, hasta ahora.
Y bueno, seguí escribiendo; sin descuidar nunca mis estudios, por supuesto. –Les recuerdo que estoy postulando con las mejores calificaciones de mi generación.
Tengo especial cariño por el cuento que escribí sobre Diego Portales: energúmeno de mierda; como supongo que ustedes saben, Honorable Jurado -si quieren interprétenlo como una parodia, exageración-, basado en la verdad escondida que me permití averiguar; a cambio de esa cosa rara que ustedes llaman, pomposamente, Historia Representativa de la República de Chile; y que no es más que burocracia transgeneracional, una balanza oscilatoria sin peso específico para ninguno de los dos lados; a tal grado que, en mi opinión, la Historia debería considerarse, así las cosas, como una simple técnica, porque su veracidad perfecta se restringe, en el oficio, gestión o simple faena, a la experiencia, rutina y/o hábito empírico del viejo más inmediato a nosotros; llegándonos apenas el eco de él, de aquello, del día tal, luego de rebotar mil veces en oídos y bocas; o de perderse en la llanura, hasta el océano; que por cierto,  tantos cadáveres elocuentes se tragó.

Mi abuelo dice que, para hacer plata “a veces hay que dedicarse a algo en lo que uno no sea muy bueno”.
Tiene ejemplos: “si eres mal tomador, pon un bar”… -Fragmento que simboliza, íntegro, tan sólo la porción de un Detalle del pasado, que el abuelo escuchó alguna vez en voz de mi bisabuelo -¿y éste de quién?
Demasiada sabiduría, digo yo; y escasa Historia rescatada alrededor de este concepto general que, en San Antonio o en Valparaíso, acaso han dado paso a formas de pensar, a partir de los emigrantes, sin darnos cuenta siquiera.
Mi abuelo tiene ochenta y nueve años. No puedo entender por qué, pero me ha enseñado más a mí que a su propio y único hijo. Lúcido, potente el anciano; pero asimismo cansado el hombre sabio; quien también me dijo que “una nación, en términos literarios, no es tan importante por la cantidad de autores de prestigio que hayan nacido en ella; sino por sus nacionales que tienen la suerte de leer en su propio idioma, e idiosincrasia, la intensión original de dichos autores”; y de rescatar –se me ocurre- las migajas importantes de ese ayer invaluable; la intensionalidad malinterpretada, mañana, por nuestros nietos; partiendo de la política de moda, entre otros factores denigrantes.
El anciano ha escrito más de ciento cincuenta cuentos, impecables; una novela corta y centenares de ideas, aforismos y pensamientos; por medio de los cuales, entiéndanme, podríamos comprender mejor, entre un multifacético abanico de sensaciones, el pre y post Pinochet; sin pasar por alto a Carlos Ibáñez del Campo.
Lo juro; pero sobre todo, lo jura él.
El abuelo está convencido de que, algún día, su literatura será traducida; a cambio de, simplemente –mediocremente-, premiada. Paradoja ante todas estas legiones de mierda que optan, eligen morir en/por su tiempo –la política se ha denigrado hasta anularse a sí misma-; convirtiendo al mundo en un pantanoso olvido inmediato.
“¿O qué, me vas a debatir que a casi la totalidad de los comunistas del mundo les gusta la coca-cola?  ¡Quitémonos las máscaras! –sigue mi abuelo-. Hay que hacer a un lado el placer de los sentidos; y en el otro, muy apartado, el sentido del placer común” –espero que tome nota, desde su digna tumba, don Bertolt Brecht.

Como me he propuesto reivindicar, para los estudiantes, a doña Rosario Ortiz, artesana de origen humilde, primera feminista chilena -un siglo antes de que los superfluos gringos se manifestasen al respecto, cuando peleó por la libertad del sufragio de la mujer; revolucionaria que se enfrentó a ejércitos-, también exijo que se conozca la historia y obra completa, en los colegios, del chileno Oscar Castro, literato sublime, sólo comparado en Latinoamérica con Juan Rulfo -¡podemos leerlo, en toda su grandeza, malamente anónima, en nuestra propia idiosincrasia!
¿Lo han leído a fondo, Honorable Jurado; para culminar así, poner la guinda a la torta en su vasta exégesis, en esta tesis; o en su inapelable cultura de torta?
Las descripciones, en los cuentos de Antón Chéjov, que en lo personal me resultan, a veces, aburridas, al lado de nuestro Castro, me meten la manía por cierta antítesis, que podría develárseme en otra Facultad…
Pero vamos, a Oscar no le agradaba la diplomacia, como a Neruda -¡ah, la Historia…!
A Huidobro le hartaba el exceso, fuera del éxtasis personal. A Rulfo, todo aquello que estaba más allá de su básica rutina.
Los testimonios de Oscar Castro, entiéndalo, son claves y suficientes para entrañar la atmósfera rural del Chile, incluso actual.
¿Y a Juan Emar?, ¿por qué tampoco lo leemos? Es como si los alemanes no leyeran a Goethe, a Schopenhauer o a Nietzsche; adaptado a nuestra tierra -¡más filosofía, temperamento propio; intelectualidad botada a la basura!

Sé que no hay lugar pero, permítanme, de nuevo, un giro drástico, en esta tesis –verán que tiene sentido:
Eso de andar viendo noticieros en la tele, solamente porque “es tiempo de Veinticuatro Horas”, porque “hay que estar bien informado”, ¿no encierra mucho de chismorreo vulgar; que se colará, en forma y fondo de la futura Historia oral chilena?
No se salva, siquiera, la sección del Gobierno: pugna barata de la comadre vieja y ociosa, que sale a la puerta de su vivienda, a ver qué le cuentan los vecinos.
Así se va frustrando, día a día, la sucia, manoseada, absurda Historia nuestra. -¡Nuestra! ¿Se dan cuenta?
Y hay que entender esto: la migración perfecta, en traslado anónimo, consiste en que uno que otro chileno se vaya del país, en idéntica causa por la que uno que otro extranjero llegue a Chile: buscar, en ambos casos válidos, tanto como contrastantes, el Detalle que acá reivindica, aguza, aliviana; que allá atenúa, incomoda, inmola; vive. La Autenticidad válida partiendo del amor propio; la inteligencia, el deseo de simplemente conocer; extrañando, en cada argumento, eso que los estadísticos nunca han advertido desde el Éxodo de los judíos: la sinceridad propia sin religión; y a veces, sin peculiaridad o distintivo, al dejarlos atrás.
La clave exacta de la Historia: mezcla eterna para crear nuevos pueblos; personalidades, índoles, naturalezas; porque el mapa actual del mundo siempre ha sido el equivalente a los inquilinos de un condominio, de un cité, que entran y salen.
Nosotros vemos la Historia con la ilusión de un supuesto último morador triunfante; cuando somos un maldito arrendatario –okupa- más.

Recuerdo una de tantas noches solitarias, estudiando no sé qué asignatura, al igual que mis compañeros -creo que era Procesos Históricos III-. Nada lograba retener para el enredado examen. De pronto, escuché a mi lágrima, cayendo grande, redonda en despecho, impregnando finalmente la almohada, en un profundo, sublime-espectacular, pero también opaco “plop”, sólo para mí; para mi historia -me hubiera gustado compartirla con César Vallejo.

Si la gente pudiese darse cuenta, en cada monótona generación, lo ridícula que se ve hablando, planeando, ridiculizando, envidiando, deseando, hasta amando exactamente igual, lo mismo, en análoga perspectiva de valores e intereses a sus padres, abuelos, ¡lémures!; que sólo avanzan un escalón para luego descender dos, en la maniobra que les receta el Poder más reciente.
De seguir así las cosas, ¿qué clase de Historia seguiremos escribiendo?

No perdamos la brújula; aunque le pese a la cínica Señora Historia.
Me encanta la voluptuosidad cuando tiene sentido: ¿a nuestros tataranietos les llegará el concepto, idea o como le gusten llamar, acerca de que a los caracoles del siglo XXI, en nuestros jardines, les gustaba subir, deslizarse sin prisa por los platos de plástico, repletos de alimento para perro?
Así, por la mañana, el largo camino platinado que recorrieron, la medusa baba de caracoles y babosas hambrientas, esperando a que el “Animal Planet” tome registro, ¿podríamos introducir por ahí al yo, al nosotros?

                                



RESUMEN:
 En esta tesis, como ya aclaré, no hallarán conclusiones. No hacen falta.
 Su ciencia Histórica se basa en registros muy aislados, uno del otro, de cualquier índole; además de deslucidos en una simplista, egocéntrica conciencia de banderitas o intereses particulares arcaicos.
Les obsequio un último recuerdo de mi abuelo, para pensarlo: “¡Soy más chileno que tú! –me dijo, al cumplir yo los quince, el viejo catalán- ¡Llevo treinta y cinco años viviendo en este país!”

Expuesto lo anterior; considerando inútil asistir a la defensa de semejante aborto de tesis -aun así, creo que lo haré-, no me cabe la menor duda de que mi hija, nacida el veintidós de noviembre pasado, la leerá algún día con la mayor atención; interpretándola en el mejor camino que yo le obsequie en estas líneas.




AGRADECIMIENTOS:
Al abuelo, por supuesto.
Omito su nombre catalán. Nunca le ha gustado el protagonismo –costumbre familiar desde que, afirma, Napoleón interpretó a Maquiavelo.

A mi padre. Famoso historiador.
Cumplí con tu capricho. Aquí tienes tu tesis. Espero que sea acogida, como creo se merece, en cada una de las universidades del mundo donde has brillado tanto; como válida oposición, en derecho propio mi pensar. Nunca una revancha, créeme.
Por cierto, yo también pienso que los chinos llegaron a México cuatro siglos antes de Cristo. Lo malo es que, como afirmabas en uno de tus magistrales ensayos, volverán devaluados –esto de ser profeta es cosa de familia.
Perdiste la apuesta.








sábado, 24 de marzo de 2007

Erase una vez que fue...




UN DÍA EN LA VIDA


Al fin se desprende de la vaina, como una de esas palomas de Magritte, al surgir entre la hierba.
Hace un minuto seguía siendo capullo que brotaba; no de una planta, propiamente dicho; tampoco de un insecto, un animal.
Es un ser, y piensa en otro nivel, de manera rudimentaria, a pesar de su diminuto tamaño.
Su pequeño cerebro, apenas desarrollado, le alcanza para aceptar una extraña clase de armonía bien adaptada a una extraordinaria vulnerabilidad ante el miedo. O lo que es lo mismo, se siente satisfecho de su brote; también asimila, con singular instinto, que tarde o temprano todo terminará para él; volverá a ser como si nunca hubiera sido; sin hembras ni machos ni cópula. No conoce el temor.
Mide un poco menos que la sombra de las hojas, inmóviles en el suelo; es idéntico a trillones como él, que no esperan al viento ligero para tapizar la tierra de ocre y blanco. Vislumbra la altura de la vaina –su madre, de alguna manera– que sin prisa, eleva esos brazos, como elipse semi-perfecta, cargados ahora de simples cáscaras; formando horizonte a una luna baja que ilumina la lejanía junto con otros dos satélites: uno de ellos en la cumbre del cielo, a manera de sonrisa blanca; el otro lleno de leche, al lado opuesto del llano; provocando las tres lunas, ciclo tras ciclo, como dignísima trinidad, el brote de capullos sin nombre; y es que en este lugar aún no surge la mente capaz de idear un lenguaje para el cenit, el cuarto creciente o los puntos cardinales.
La luna que asoma también luce plena de néctar, opacando el brillo lejano de una Supernova y lo que se podría catalogar como constelaciones en formación; incluso otra majestuosa espiral vecina, derramada; se eleva ligera hasta lograr el máximo nivel de luz nocturna en la estación tibia, suficiente para admirar el milagro.
No hace mucho, esta original forma de vida eran algas en mar abierto; la tierra firme terminaba de desfogar su calor en volcanes y cataclismos; hasta que la variedad en mayor evolución, de plantas de mar, comenzó a adaptarse al aire, transformando sus esporas color violeta, habituándose al agua dulce de los ríos, en el primer ensayo sin escamas, con pulmones; terminando, paso a paso, para siempre, con esa terrible aridez del planeta.
Así ha venido sucediendo desde hace unos cuantos miles de años. Esa singular forma que surge de un botón; que varios siglos después se convertirá en polarizado hermafrodita, nace, contempla, se emociona y muere al sentir la primera caricia del sol –un sol descomunal, gigantesco–; sin saber nada el uno del otro, a pesar de que su complacencia permite la mutua observación; reconociendo su idéntica forma, se intuye único, como su sencillo objeto de estar vivo: seguir abonando esta dura tierra para otras especies, lo mismo en evolución o ideadas de súbito; en ambos casos, adaptándose mejor, para dar frutos superiores, bestia, alimaña o vegetal; cerrándose así el círculo del plan perfecto de vida, sin azar, a perpetuidad.
Pero el secreto de las algas transformándose en vaina no llegará a ser al menos enigma para la mente posterior, capaz de idear la palabra, por desconocer el origen del todo armonizado –los seres de ocre y blanco siguen llevándose el secreto; a la vez que desconocerán por siempre su sencillo cometido a futuro.
También se reconocen únicos respecto a su singular instinto cerebrado de ser feliz, manso, obediente; asimilando que todo se acabará para ellos sin remedio, sin huella ni trascendencia. Disfrutan del espectáculo nocturno de las lunas, entre el arrullo de su planta. –¿Existe mayor emoción a esto?

Al igual que el pasado verano, germina el brillo renovado de ese sutil sonido que logra armonizar el sentir, invitando a más y más algas a respirar; a la vez que propicia la formación de capullos en insospechada planicie, cordillera y el eventual desierto del gran y único continente. Es cuando la raíz de las plantas vierte su semilla en otros rincones.
Nada se mueve, todo ronda. En el extremo del horizonte, por donde se asomara la tercera luna, unas nubes alargadas se iluminan de anaranjado cálido; a la vez que los astros, sobrevivientes a la noche, palidecen; uno en lo alto, lleno, el que surgiera al anochecer; el otro, tan rojo, a punto de partir, modifica su blanca sonrisa por la hoz, sentenciando el destino.
El rocío cubre el plumaje de la paloma adormecida, retornando su mente simple al cosmos que nada olvida.
La hierba despierta en la sabana, mientras la evolución prosigue su plan: por primera vez en el planeta, surgen unos pétalos suaves, con cierta viscosidad, sin espinas en su tallo alargado, dispuesto a enredarse en el horizonte marchito; y no cesará en su afán hasta matizarlo de ocre y blanco.