sábado 24 de marzo de 2007

Erase una vez que fue...


UN DÍA EN LA VIDA


Al fin se desprende de la vaina, como una de esas palomas de Magritte surgiendo entre la hierba.

Hace unos minutos seguía siendo capullo brotando; no de un vegetal propiamente dicho; tampoco es un bicho, un animal.Es un ser, y piensa en otro nivel, de manera rudimentaria a pesar de su diminuto tamaño.
Su pequeño cerebro apenas desarrollado le alcanza para aceptar una extraña clase de armonía bien adaptada a cierta e inusitada vulnerabilidad ante el miedo. O lo que es lo mismo, se siente satisfecho de brotar a pesar de asimilar, por su singular instinto, que muy pronto todo terminará para él, que volverá a ser como si nunca hubiera sido; sin hembras ni machos ni apareamientos. Sin temor.

Mide un poco menos que las sombras de las hojas de las vainas reflejadas inmóviles en el suelo; es idéntico a trillones de sus iguales que no esperan al viento ligero para comenzar a tapizar la tierra de ocre y blanco; vislumbra la altura de las vainas –sus madres, podría decirse- que sin prisa elevan esos brazos como elipses semiperfectas cargadas ahora de simples cáscaras; formando horizonte a una luna rasante que ilumina la lejanía junto con otros dos satélites: uno de ellos en la cumbre del cielo a manera de franca sonrisa blanca; el otro lleno de leche al lado opuesto de la llanura; provocando las tres lunas, ciclo tras ciclo, como dignísima trinidad, el brote de capullos sin nombre; y es que en este lugar aún no surge la mente suficiente que idee un lenguaje para el cenit, el cuarto creciente o el poniente.

La luna rasante también luce plena de alimento, opacando el brillo lejano de siete supernovas y lo que se podría catalogar como constelaciones en formación; incluso dos majestuosas espirales vecinas, derramadas; elevándose ligera hasta lograr el máximo nivel de iluminación nocturna de la estación tibia, suficiente para admirar el milagro.



No hace muchas edades las vainas seguían siendo algas en mar abierto y la tierra firme terminaba de desfogar sus calores en volcanes y cataclismos; hasta que las cinco variedades más evolucionadas de estas plantas acuáticas comenzaron a adaptarse al aire, transformando sus esporas color violeta, aclimatadas al agua dulce de los ríos, en el primer ensayo sin escamas, con pulmones; terminando, paso a paso y para siempre, con esa terrible aridez del planeta.

Así ha venido sucediendo desde hace unos cuantos miles de años. Esos singulares seres que surgen de botones y que varios cientos de años después se convertirán en polarizados hermafroditas, brotan, contemplan, se emocionan y mueren al sentir la primer caricia del sol –un sol descomunal, gigantesco-; sin llegar a saber nada el uno del otro a pesar de que su complacencia permite la mutua observación, reconociéndose idénticos, intuyéndose únicos como su sencillo objeto de estar vivos: seguir abonando estas duras tierras para subsiguientes especies, lo mismo evolucionadas o “ideadas de súbito”; en ambos casos mejor adaptadas para seguir dando frutos superiores, desde bestias hasta alimañas y vegetales; cerrándose así el círculo del plan perfecto de vida, sin azares, a perpetuidad. Pero el secreto de las algas transformadas en vainas no llegará a ser al menos enigma para las mentes posteriores capaces de idear palabras, por la sencilla razón de desconocer el origen del todo armonizado –los seres de ocre y blanco, generación tras generación siguen llevándose el secreto; a la vez que desconocerán por siempre su sencillo cometido a futuro.

Pero también se reconocen únicos respecto a su singular instinto cerebrado de ser felices, mansos y obedientes, asimilando que todo se acabará para ellos sin remedio, sin huella ni trascendencia alguna. Simplemente disfrutan del espectáculo nocturno de las lunas entre los brazos de las vainas. -¿Existe mayor emoción a esto?



Al igual que la pasada primavera, surge el brillo renovado de ese sutil sonido que logra armonizar el sentir de las vainas, las lunas, hasta el mar lejano, invitando a más y más algas a respirar; a la vez que propicia la formación de renovados, diversos capullos en insospechadas planicies, cordilleras o eventuales desiertos del gran y único continente. Es el momento en que las raíces de las plantas ya habituadas vierten su fruto en otros rincones.



Nada se mueve, todo ronda. El extremo del horizonte, por donde horas antes se asomara la tercera luna, unas nubes alargadas se iluminan de anaranjados cálidos; a la vez que las dos lunas sobrevivientes a la noche palidecen: una en lo alto, llena, la que surgiera al anochecer; la otra, tan roja y a punto de desaparecer; modificando su blanca sonrisa por la hoz sentenciando el destino.



El rocío cubre el plumaje de la paloma adormecida; retornando su mente simple al cosmos que nada olvida.

La hierba despierta en la sabana mientras la evolución prosigue su plan: por primera vez en el planeta surgen unas hojas suaves, lechosas, sin espinas, cuyo tallo alargado está dispuesto a enredarse en esas viejas vainas verdes; y no cesará en su afán hasta matizar el horizonte de ocre y blanco.

viernes 23 de marzo de 2007

Derechos de Evolución


DESASTRE EN EL CIELO


Un buen día, luego de muchos ensayos e infinidad de domingos, Dios ordenó que fuera creado el humano en este planeta. Lo que nadie imagina es que, de inmediato, y por primera vez en la historia, el Diablo tuvo la astucia de patentar esa última variedad; tomando en cuenta que se trataba del primer experimento para intentar mejorar la calidad del susodicho en los últimos diez mil años de la Nueva Era.





Desde aquel lejano amanecer, en que una sutil y original ingenuidad se volviera a ver las caras con la eterna y fastidiosa marrullería de la bendita desgracia del mal, el lémur en evolución poco a poco aprendió a disfrutar en otra circunstancia de la compañía de su pareja en las ramas más altas de los árboles, dado que era ahí donde el follaje tardaba más en caer al avecinarse el invierno; además de que resultaba el lugar idóneo para protegerse de aquellos felinos con dientes y garras de sable. –Poco se ha demostrado del avance de este nuevo experimento en el cosmos, al soñar el mortal promedio actual con un penthouse en Manhattan para volver a arriesgarse al desamparo en garras de la pasión. Eso sí, satisfecho de sus obras, artimañas y la contradictoria desconfianza en candidez heredada que siempre lo ha caracterizado.




Aunque parezca increíble, Dios y el Diablo nunca discutieron aquel bochornoso hecho. Mucho menos se protagonizaron debates entre sus representantes; y es que cada uno tiene ahora lo que siempre buscó: la satisfacción, realización propia; y el poder, respectivamente; reflejados ambos conceptos en el poder de complacencia animal del humano.




Aquí es donde surge la disyuntiva, pues para esclarecer la realización personal hace falta inteligencia. Lo mismo le sucede al astuto: sin talento, sin ingenio ni destreza le sería imposible realizar su objetivo.



Entonces, ¿por qué tan pocos humanos se caracterizan ahora por poseer estas legítimas cualidades? ¿Fue realmente un fracaso el último experimento celestial? ¿Se trata de un plan a largo plazo? Hay que recordar que largo plazo, en términos infinitos, se traduce en millones de años.


¿Acaso la burocracia terrestre es legado de la del más allá, provocando que el arte del humano sea realmente un juego simplista e inexperto para ellos? ¿A eso se debe que tan pocos de nosotros posean la sensibilidad e imaginación necesaria?


Quizás haya una sola respuesta para todo lo anterior, archivada en algún extraño lugar, más allá de nuestra visión; manifestando susceptibilidad ante lo placentero de una nueva idea o una simple sospecha.

Claroscuros


EL ULTIMO ALMUERZO



Me pregunto por qué si Leonardo da Vinci se atrevió a sumergir la elipse en el mar del compás, innovando en la hidráulica; si observó curioso el vuelo cotidiano de las aves para planear soñando con fósiles, espirales disparadas y hasta la placenta del feto -¿la Gioconda estará embarazada?-, ¿por qué no también se le habrá ocurrido pintar a un sirviente modesto, podría ser a la derecha del cuadro, de mirada juguetona y sonrisa discreta; llenando hasta el borde, una vez más, la burda copa de Pedro?; para irlo animando desde el mediodía a lo que sin remedio sería el pretexto perfecto: triunvirato de negaciones a causa del alcohol.


Esa copa podría haber reflejado eternamente, en prisma de luz, al sol del cenit, filtrado a través de un ventanal, al fondo, por donde a su vez se asomara a lo lejos un riachuelo salpicando la campiña acostumbrada en faenas cotidianas; indiferentes al gran suceso dentro del recinto pagano –y asimétrico, dirían en Hollywood: Judas Iscariote y Juan, por presumible capricho del mismo Leonardo, aparecen de espaldas en cualquier punto de la larga mesa, reconocidos ante el espectador por la bolsa de rencores y las manos ofrecidas al aire espeso esperando el saco de sorpresas que a Juan le deparaba el destino.

También se antoja necesario un perro, dorado y bien comido para no contrariar el buen gusto de Leonardo, echado tranquilo sobre un piso de tierra; sin perder detalle meditabundo, premonitorio, del Hombre en el momento en que El pierde por completo el control de sus dramáticas facciones que sólo el animal presagia por puro instinto de fidelidad; guardando cualquiera de esas miradas angustiadas de los Comedores de Patatas de Van Gogh.

Y una mujer, por supuesto, al menos una mujer –un almuerzo sin mujer es como una cena sin sazón-; y hasta otro sirviente al compás de su honesta alegría contrastante con esos doce rostros avergonzados de no entender absolutamente nada de lo que sucede. Este segundo sirviente va de salida, casi corriendo; sin parecer darse cuenta Andrés del chacoteo de sus humildes sandalias; más interesado en espantarse una aguerrida mosca, con gesto irritado, aburrido; mientras tanto Santiago se rasca simulado la entrepierna en satisfacción reflejada al lado de ella, la mujer irguiendo su fina mano ordena al presto sirviente lo que ninguno se digna o no se atreve: llenar de nuevo Su copa para absolverlo en profunda tristeza; Su mirada perdida en cualquier rincón de ese techo mohoso; punto exacto donde los humanos se siguen haciendo preguntas sin atreverse a preguntar.


Pablo y Felipe están a punto de picarse los ojos por la misma causa-costumbre de contestarse banalidades sin cuestionamientos de por medio.

Imaginemos ahora a Leonardo da Vinci: una lágrima lo traiciona al momento de terminar el claroscuro microscópico en los párpados de Natanael, ebrio, descansando su mandíbula proclive al ocio sobre la palma de esa mano curtida; convertido en un romántico glotón:


-Anda –le dice el Hombre, resignado, a Natanael-, termina de vaciar mi plato de una buena vez.

Más allá del ventanal comienzan a formarse inminentes cúmulos de nubes blanquísimas para buen presagio de los ingenuos campesinos que siguen descansando la faena a la sombra de aislados olivos entre las acostumbradas charlas compartidas también aquí dentro: Mateo le susurra algo a Tomás, Tomás a Jacobo, Jacobo a Simón y Simón al Hombre tan triste, tan solo. Decide rodear la mesa hasta encontrarse con el perro que le ofrece su mirada sincera meneando el rabo al instante, animoso, entre una ligera nube de polvo; dispuesto a lo que el humano le quiera dar.


-Perdónalos –murmura el Hombre con la mirada baja-, no imaginan lo que saben. ¡No saben lo que imaginarán mañana!... –mima la cabeza del perro al tiempo que siente su lengua rasposa sanar las inminentes heridas.

La apostolada, la olvidada -¿la Gioconda?- le pide a Leonardo detenerse un poco, corregir si es necesario. Corre al lado del Hombre ante el susto de todos, acariciando con un beso sincero esa mejilla barbada, tan olorosa a vida como sus ojos femeninos se ocultan de lo pagano para fundirse en un puño de tierra atesorado en esperanza.



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Si el cuadro hubiese sido así, uno de los diez mandamientos sería hoy día: “Besarás a tu prójimo como ella me besó a Mí”. Los demás, sin importar el número ni su contenido, vendrían siendo simples consecuencias de este, tan cotidianos y espontáneos que los tradicionales se habrían convertido hace siglos en simples prejuicios. Los sacerdotes no tendrían el menor empacho al espantarse una mosca del rostro o rascarse la entrepierna al momento de impartir sus renovados sermones.


Arrojar piedras sólo tendría sentido en un riachuelo. Una costumbre en vísperas de Navidad consistiría en empuñar la tierra mojada del jardín de casa para depositarla sin ser visto por nadie en el jardín o frontera vecina. Perfecto pretexto para tener siempre en mente la fecha exacta del cumpleaños de nuestro perro.

El Ministro en el Confesionario


EL PELO

Corrían felices aquellos días de 1979. El podía darse el lujo de recorrer las calles y avenidas de la ciudad de México en un autobús descapotado; saludando discreto, emocionado, a las multitudes que atiborraban aceras, jardines y hasta monumentos; agitando banderitas amarillas con blanco; sonreían al llorar gritos al unísono en profunda, desbordada emoción.


Era la primera vez que visitaba esa “bendita tierra mexicana”, como solería referirse a ella infinidad de veces en el futuro. Lo que muy pocos saben es la verdadera intención, la profundidad que envolviera esa sencilla frase.


Esperando cumplir con la última voluntad de alguien que me pidió el anonimato, a continuación revelaré el secreto.





Parecía que el cielo milagrosamente se posaba en la tierra. Los noticieros, la primera plana de todos los diarios; en las cantinas y hasta en los manicomios era imposible hacer a un lado el tema de moda en vísperas de su llegada.


Cuando finalmente millones de pares de ojos, desde Tijuana hasta Chiapas, lo observaron descendiendo con paso firme, sonriente –seguramente decepcionado del aire putrefacto del Distrito Federal-, la escalerilla del avión, hincándose de inmediato para plantarle un beso a la selva de asfalto de esa “bendita tierra”, su dedo anular izquierdo tocaba delicado el pubis de la jungla espesa y frondosa: la patria extasiada en mórbidos coitos que se prolongarían durante varios días, sin descanso.





Todo sucedió cerca de la medianoche, horas después de su apoteótica llegada.


Más allá del balcón, a manera de serenata temprana, un grupo de jóvenes entusiastas y un puñado de fieles llorones insistían en hacerle grata su estancia con un par de guitarras y panderos y capas con listones de colores; esperando a que el célebre invitado asomara al menos por un instante su madura figura, esa carismática personalidad que comenzaba a fascinar al mundo.


Luego de que el invitado se retirara del balcón, agradeciendo las atenciones, un cura mojigato cerró la ventana, colocó los seguros y corrió las cortinas, mandando al carajo al pueblo con una última sonrisa maníaca; a mitad de tan pasmosa cópula.


Las cortinas corridas hacían recordar el velo de una novia salpicado por las tenues luces de la ciudad; insuperable manjar que en otras circunstancias se hubieran disputado los seis o siete funcionarios del clero que se empeñaban en adorar la imagen en carne viva del huésped insigne en medio de esa atmósfera pesada. Por su parte, el huésped pensaba en las palabras apropiadas para hacerles entender, sin herir susceptibilidades, que lo único que deseaba en ese momento era dormir, descansar del largo viaje. En menos de ocho horas la faena se reanudaría sin tregua hasta la próxima puesta del sol; pero sus correligionarios mexicanos estaban en verdad fascinados ante su presencia; a tal grado que se atrevieron a insinuarle que si su majestad sintiese sed, calor o frío durante la madrugada, seguramente un querubín brotaría de la pared para servirle un vaso con agua de la jarra de cristal que lucía llena en el buró; de igual manera el querubín estaría presto para descubrirle la cabeza, cobijarle los pies o acomodarle la almohada, según fuera su santa necesidad.


Pero nunca falta un impertinente que se atreve a dar un paso más allá del abismo: cuando los cofrades de alto rango terminaban de desfilar sus faldones deseando un sueño reparador al afamado hombre –mientras el afamado hombre volteaba una y otra vez la mirada hacia aquel alto techo, esperando la hora en que lo dejaran solo para lavar su mano de tan extraña mezcla de babas-, el jefe de los anfitriones, el arzobispo en persona, al percatarse de que el sagrado, divino, puro e inviolable mártir parecía estar buscando telarañas en las vigas del techo, recorrió con ojos de envidia esa sencilla pero a la vez elegante vestimenta blanca del rey; descubriendo en un rápido vistazo un largo cabello en su pecho.


Las buenas costumbres, pero sobre todo una oculta intención maquiavélica, le ordenaron al arzobispo soltar la mano del jefe para tomar entre sus dedos aquel cabello grueso y castaño posado en el pecho del ilustre. Era una vulgar basura con la que seguramente la plebe, durante el día, había logrado macular su digna estirpe en algún desafortunado acercamiento.


El arzobispo sencillamente tomó el cabello, separándolo de las ropas del supremo; pero en el último instante el cabello pareció haberse atorado en la tela…


Y es que no era un cabello. Era un pelo. Un insignificante pelo había logrado doblar el orgullo del divino; convertido ahora en un ser humano que perdía el equilibrio, que gritaba aterrado, llevándose ambas manos al pecho.









El bochornoso hecho se manejó en estricto secreto. Cuando llegó el médico del presidente de la república, el distinguido visitante se encontraba recostado en su cama; sus gesticulaciones ya no eran tan evidentes, al contrario: aún se sobaba el pecho con movimientos circulares de su mano derecha; respirando entrecortado; por momentos su gesto se relajaba


para incluso dibujar discretas, apenadas risillas con los párpados cerrados.


Los eclesiásticos santurrones, a excepción del arzobispo, fueron invitados por el médico a abandonar la habitación. Al estar a solas los tres hombres las sonrisas del huésped al fin se transformaron en risa franca acompañada de alguna lágrima escurridiza; risa inadvertida gracias a que afuera, en la calle, más allá del velo de novia, la gente seguía llorando, gozando, entonando lo mismo cantos religiosos que alguna canción apropiada de José Alfredo Jiménez.


Desconcertado y nervioso en extremo, el médico descubrió, a punto del pasmo, el pecho del enfermo para auscultarlo, después de desabotonarle la sotana y subirle, con pulso titubeante, la camiseta a la altura de su cuello. El médico se dio cuenta, horrorizado, de que el supremo todavía sangraba a la derecha de su tetilla izquierda; discurriendo, en medio de su bloqueo mental, que su majestad quizás había sufrido el impacto de un dardo envenenado o algo por el estilo, tomando en cuenta el hilillo de sangre casi seca escurrido hasta el ombligo, impregnando la camiseta; una última gota pequeña brotaba de la herida.




En menos de un segundo terminó el suplicio que durante más de treinta años lo atormentara día y noche.


Nunca tuvo el valor suficiente para arrancárselo de raíz; y es que mas bien era una mezcla de miedo y a la vez precaución, pues al jalar de él, al instante, aquella enorme verruga verdosa –la cual con el paso de los años fue desapareciendo de su pecho hasta convertirse en un lunar arrugado, casi negro, del tamaño de una moneda de alta denominación- se estiraba amenazante con todos esos poros hinchados, semejando una molleja de pollo. Era terrible imaginar lo que sucedería en caso de que su contenido se derramara al arrancárselo.


Desde sus épocas de seminarista ese pelo siempre terminaba atorado en toda clase de ropa, provocándole agudo dolor. Se limitaba a recortarlo de vez en cuando, pero no demasiado, pues al dejarlo casi a rape, el pelo se enganchaba de la camisa, el saco, la sotana o la sábana, jaloneando la verruga entre horrorosas punzadas. Por si fuera poco, ese pelo crecía tan rápido que no le costaba mucho trabajo analizarlo en la soledad de su habitación ayudado de una potente lupa. Durante un tiempo llegó a pensar que el incómodo filamento quizás poseía estrías aserradas a manera de dientes de un cerrote, ideado por el mismísimo demonio.


Pero todo tiene su ventaja. En sus épocas de clérigo, los cotidianos sermones que dirigía solían tomar un énfasis maravilloso, con esa voz fuerte, amenazante por momentos, mientras su puño derecho se apretaba y las yemas de la mano izquierda jaloneaban una y otra vez el hábito a la altura de su pecho, intentando desesperado desatorar el pelo.



Cuando los micrófonos comenzaron a utilizarse de manera generalizada su problema se agudizó, y no sólo por tener siempre una mano ocupada: fueron frecuentes y famosos sus discursos en latín salpicados de algunas palabras no muy ortodoxas, mismas que se escuchaban a varias cuadras de la iglesia.



Antonio Vivaldi, mientras ejerció el sacerdocio, no tuvo el menor empacho en bajar del púlpito en el momento en que la inspiración visitó su cerebro; dejando con un palmo de narices a sus oyentes. Corrió hasta la sacristía en busca de una vela, tinta y papel; para luego sufrir la ira de sus superiores; acaso también del Papa.













Después de que el médico convenciera al sacro y bienaventurado apóstol de hacerse un chequeo de emergencia en la misma habitación, hasta convencerse todos, incluyendo al presidente de la república –quien llegara media hora después del suceso, rodeado de gorilas- de que su salud era envidiable, el apóstol mismo, por primera vez en verdad sonriente en esta tierra pródiga, les explicó lo sucedido sin mayores detalles y sin el menor cejo de vergüenza en un español bastante entendible; para luego pedirles amablemente que le permitieran relajarse, aliviarse a solas, ¡al fin!, luego de tantos años de suplicio.


Camino a su mansión, el presidente de la república, con una caravana de autos blindados dispuestos a masacrar a quien se atravesase en su camino, pensaba para sus adentros en todo lo sucedido:





-¡Ufff!... me salvé por “un pelito”!





En tanto el arzobispo hurgaba en sus ropas en busca de aquel incomparable fetiche; terminando por desnudarse en el baño, separado solamente por una pared de los ronquidos apoteóticos del huésped distinguido.


El pelo, el autógrafo, estaba completo, con su raíz redonda y blancuzca como capullo de insecto; un poco doblado, maltrecho, pero entero.





Al alba, el mocho puritano –nunca antes mejor dicho- se rasuró feliz de la vida con un rastrillo desechable que encontró por ahí. No se aguantó las ganas de retirarse el parche que le colocara la noche anterior el médico en su pecho; volteando la mirada una y otra vez hacia la herida en el espectacular espejo de cuerpo completo de su baño particular: el lunar oscuro, arrugado, lucía una especie de cráter en su centro, limpio, seco.


En la regadera su sonrisa era de oreja a oreja, pasándose innumerables veces el jabón sobre el lunar sin sentir más que un pequeño piquete. Aquella mañana, a medio chapuzón, bailó y cantó en un idioma desconocido para todos.


El arzobispo, un piso abajo, apagaba la luz de su cuarto; eran las siete y media de la mañana. Permaneció despierto toda la noche con los dedos índice y pulgar derechos sorteando ese largo pelo grueso y duro, con sus ojos hinchados, desorbitados.


Ocho campanadas en lo alto fueron bastantes para que al fin el arzobispo se atreviera a guardar el pelo entre las páginas de su enorme Biblia –aquello más bien parecía un pelo con Biblia-, donde reposaría durante años, muchos años; convirtiéndose, de tormento, en un simple separador –marcador- de páginas.






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-¡Esos fueron buenos tiempos! –afirma sonriente, cansado, el anfitrión, dirigiéndose a su viejo camarada, a su salvador.


-Ya lo creo… -responde el huésped tímidamente, al cumplirse algo más de doce años de haber cedido su puesto a otro realista con vocación de moderno inquisidor en aquella “bendita tierra”.


El desayuno consiste en cualquier cosa que no le haga daño a ese par de viejos cómplices de tanto; recordando los días en que podían ir por el mundo sin orangutanes amaestrados ni metralletas o cristales blindados.


-¡Ejem! ¡ejem!... eh… Por cierto… ¿recuerdas aquella noche? –llevándose el anfitrión las manos a su pecho, sin mayor preámbulo.


-¡Cof, cof!... … … mmm… … … s-s-sí… l-la r-recuerdo…


-¡Qué hiciste con “él”! –sentencia su gesto agotado. La respuesta por parte del huésped tarda; evadiendo la mirada hacia los suntuosos jardines de esta primavera mediterránea:


-Bueno… eh… lo que recuerdo es que lo dejé caer al escucharlo gritar de esa manera… Perdóneme su majestad… hace tanto tiempo de eso…

-¿Perdonarte? ¡Pero si desde esa noche ya te has ganado el cielo! ¡Te lo digo yo! –afirma el supremo entre lágrimas sinceras -¡Bendita sea esa tierra mexicana!

miércoles 21 de marzo de 2007

Y la Puerta se Abrió


EL BAUTISMO DEL SILENCIO[1]


I

La visión comienza.
Un cajón con ruedas desliza lento a un niño sin piernas, desnudo, a través de la calle fría repleta de tarántulas maduras, disfrutando de la lluvia de estrellas sobre su terciopelo en colores profundos. Todos encaminados por “Riders on the Storm”.
Un solitario de gabardina negra y zapatos invisibles pasa al lado del inválido, arrojando tres monedas al bote vacío que este sostiene alrededor de su cuello como triste metáfora de collar. El niño le escupe con furia cuando el solitario -que levita- inclina el cuerpo desgarbado y su rostro inmutable.

Al otro lado de la oscuridad, Nietzsche sonríe cínico ante la escena grotesca, misma que observa ayudado de un telescopio rudimentario: la flema infantil escurre espesa del pómulo pálido del hombre.
Protegido de la tormenta por el techo de lámina oxidada del negocio del mártir; quien se maldice a sí mismo por ser un comerciante; mas él no tiene la culpa de ser reencarnación de la hija de una contradicción y del infante; sencillamente es Nietzsche.

Mientras tanto, John redobla en la batería, creando voces en las nubes que sugieren al instante frescura en la interpretación.
Inspiración de las divisas como resultado del contrabando de piel de arácnido bajo la razón social “Love Street”. Ella vive ahí y Morrison lo sabe al igual que Ray, agonizando de inspiración en el piano.
Las últimas gotas caen sobre el acetato a treinta y tres revoluciones por minuto; el tercio es un secreto que Jim no quiere revelar.

Se escucha un grito:
-¡Corte!
Y es que Nietzsche olvidó murmurar: “¡Maldito! ¡Patearlo siendo un infante!”
Por su parte las tejedoras compulsivas de sueños discuten entre sí, deciden dejarlo a la suerte: la desfortunada intenta huir cuando sus hermanas ya la atan a una piedra.
El hombre de la gabardina sigue el camino hasta perderse, padeciendo sus pasos perdidos en la tregua.

El despertar incierto de “The End” fluye a la vez que el pequeño logra liberarse, dejando atrás su piel mudada de arácnido. Se aleja en sentido contrario de aquellos que lograron despertar su imaginación.
En la banqueta, la heterodoxia le da un codazo a un mesías, lo despierta, le dice:
-Oye tú, ¿no crees que deberíamos matarlo ahora que podemos?
Pero el mesías vuelve al sueño, indiferente, recargando sin recato su cabeza sobre el hombro huesudo del hereje.
El niño no cesa de esconder sobre el asfalto pequeños rastros de tela para reconocer el camino de un retorno insufrible. Por su parte el disconforme insiste:
-¡Si no lo haces ahora nos arrepentiremos toda la vida! ¡Bien lo sabes!

Finalmente el mesías, tropezando con todas las piedras, por segunda vez, al menos, alcanza al pequeño y le ruega:
-Bautízame...
-¡Déjate de fetichismos! –le responde el niño, molesto en verdad; volteando hacia lo alto, como buscando más caminos para plantar sus rastros; sin imaginar que las tarántulas no necesitan telarañas.
Nietzsche, cuadras atrás, escucha de pronto el suave lamento de su alumno; lo que nunca intuirá es que el aura del mesías modificó sus matices en el preciso instante de ser denominado; perdiendo así todo anhelo por volver a cantar.
El novato levanta de nuevo la vista al cielo, reconociendo a sus madres brillando extraordinarias. Es el hijo de las nubes; las cuales, al saber de semejante bautismo comienzan a regar la ciudad con escupitajos.

Con la boca seca, Morrison afirma la famosa fatalidad sobre su padre. La heterodoxia se ha ahorcado a la puerta de su propio negocio. Miles de arañas descubren el brillo de sus huesos después de hallar la locura en el establecimiento cementérico.
El mesías y el niño se dirigen al centro de la ciudad húmeda, introduciéndose en una espesa penumbra.



La sábana con la cual el mesías se protegiera del frío recibe los primeros rayos de un Sol extraño; luciendo tentadora la silueta que tanto anhelaba.
El niño despierta; comprende lo que a su lado se insinúa como bordado perfecto. Descubre bajo él el cuerpo exhausto de la mancillada; arrancándole sin recato y en un sólo intento parte del pelo púbico: ella sigue soñando.
El niño introduce los pelos en la jarra de agua sobre el triste tocador, a escasos metros del lecho; arrojando luego, dentro de ella, su primer síntesis plagada de esperanzas de vida. Lucha para no desmayar.

La endeble idea matriarcal de la chica lo ha comprendido todo. Ambos guardan profundo silencio durante noventa y tres minutos y un tercio casi exacto, sentados a la orilla de la cama, de frente al espectáculo, entre una funesta simpatía paternalista.

Noventa y cuatro minutos: el cristal de la jarra les permite observar a ambos la incipiente formación de un feto de tarántula mamífero en sónica formación.
La mujer escapa del cuarto con sus prendas de vestir entre las manos; deseando no volver a ver nunca al niño que ama: la frivolidad le impide comprender.
El niño, una vez más, muda de piel, buscando un hoyo acogedor en las paredes escarapeladas de la habitación para construir su primer hogar.

El mesías se encuentra orinando sobre los pies colgantes de Nietzsche.
Divertido camino de gotas de agua desde la jarra hasta la puerta principal del motel: Sacude su humedad, brinca perfecta a la banqueta en busca de alimento. “When the Music’s Over” golpea su emotividad al cancelar definitivamente su suscripción a la resurrección.




El director de la cinta intenta en vano contener las lágrimas, como consecuencia de los prolongados ayunos en busca de la verdad con la que ¡al fin! acaba de tropezar.
Fuera de cámaras y de guión, “eso” defeca en el aire, luego de tragarse completa una rata del drenaje. Su padre pide limosna unos metros arriba de él, sobre la banqueta, sobre su cajón rodante; en tu imaginación; sin saber por qué su hijo desea matarlo desde el escenario, en medio de una desgarradora Plegaria Americana.


Un tono azufrado, limonado, delataban los asistentes el día de la premier. ¿El nombre de la cinta? “The Doors”.









II

Morrison sale del cine, asqueado, evadiendo todo cuerpo, toda culpa, toda morbosidad. Camina lento, ausente, hasta la esquina desolada donde su viejo auto lo espera.

“Me sigo sintiendo incapaz de asimilar la risa de la bruja
[2]; la escuché por última vez hace tanto tiempo. Iba más allá de cualquier razonamiento; de mi propia identificación –cierra la puerta del auto con violencia.
“¿Identificarme? Bueno, quizás los Stones; ahora sé que a El también le agradan -eructa estrepitoso.
“¡Pero qué me pasa! ¿Acaso es la nostalgia de mi despedida?”

Acelera a fondo en la avenida aprovechando que no hay mucho tráfico en las primeras horas de la tarde. Su hedor axilar le pasa inadvertido luego de bajar el cristal y descansar el brazo derecho sobre la ventanilla; se rasca perezoso la barba abundante hasta el pecho.

“Sinceramente creo que mi generación no llegó a ningún extremo grosero. Brotó la libertad que nos colocó en el lugar intelectual que cronológicamente nos correspondía; inutilizando las aprensiones; y aun así, algo me dice que este nuevo siglo sigue siendo indigno. ¿Cuántos globos más habrán explotado?
“No creo que ningún proyecto musical haya declarado tener verdadera influencia nuestra. Todos siguen viendo al protagonista sin escuchar al hombre. El camino brotó, sólo brotó; nadie supo acompañarlo; aprendieron a masturbarse con él.
“La opción pálida al no ser posible prestarle atención a un hombre que habla desde el devenir. La ventaja de los que nacen adelantados a su época es que comprenden la perspectiva y la saben evadir, a costa de su cordura; extraños seres nacidos en el pasado de su tiempo.
“¿Rider of the Storm? ¿Writter of the Stone? Fui un tatuador de piedras espejismos”.

Enciende un cigarrillo cuyo humo al instante derrapa en el aire; al igual que la flema que escupe lejos y su patilla izquierda deseando misma suerte. Levita a gran velocidad. El infinito de la autopista desea llamar su atención. El infinito de la autopista se pregunta a dónde va; pero Jim se encuentra lejos de cualquier sugerencia.

“Todos guardamos algún acorde al que reaccionamos abatidos; pero no todos lo reconocen. Algunos se dejan llevar por él creyendo experimentar alegría; cuando no es otra cosa que el deseo de la fatalidad, controlándolos.
“Sé que mi música enemiga siempre ha sido The Doors; mi único obstáculo he sido yo mismo al intentar hacer algo por alguien; ya no me soporto como hostil mártir profanando los momentos, como el mesías invitando a sangrar para crecer.
“Esos viejos acetatos rayados provocando la parte mística; mi voz interpretando la misma frase hasta el cansancio. Ya no puedo llorar por la música. La música se ha terminado sin guardar por ella el mínimo sentimiento de culpa”.

La ciudad ha quedado atrás. La verdad también ha quedado para mejor ocasión; ¿quién necesita de ella cuando al fin la ha encontrado?
Perfecta recta es la autopista, salpicada de pronto por lo único que vale la pena en estos momentos: una chica que lo invita; él la acepta. Las llantas del auto se amarran.
Instalada maravillosa y seductora en el asiento del copiloto ella intenta una charla, desea contarle la fábula de una araña con tetas; pero Jim está bastante ocupado consigo mismo. La voz de la mujer se escucha en diversos tonos, en reversa y saltando palabras que luego encuentran acomodo en el lugar apropiado; invitando a Jim a crear otra estrofa, incluso provocar tres o cuatro finales mejores del que ella cuenta siempre. El sonido del viento raspando la cara de Jimbo, con la radio al mínimo volumen y esos muslos de ensueño atados a su propia cintura regordeta.
Millas adelante -¿metros adelante?-, Morrison interpreta en extremo falso ese murmullo lejano sobre una historia tan real, invitándola a bajar del auto con lujo de violencia; sin importarle que el pobre contenido de su bolso de plástico se esparza en el acotamiento y sus gritos chillantes lo maldigan en la distancia que a cada momento crece entre ambos.
De nuevo se encuentra solo. “¡Qué suerte!”, le diría Jaime Sabines. Niega todo con la cabeza. ¡Sonríe maravilloso!

“No sería mala idea convertirme en una especie de puritano. Supongo que un puritano debe seguir siendo aquel sujeto que de joven luchaba por Defenderlo, y de viejo sabe que algo lo defenderá a él de su inexplicable invalidez emocional.
“Tal vez la ecuanimidad sea realmente un extraño nivel de encuentros, tan sutil que no logro concebirlo. Supongo que el precio por no asimilarlo es el sentimiento de culpa. ¡No fui culpable!”

Está realmente confundido, preocupado; debe encontrar la armonía antes de que la distancia se convierta en error.
Se orilla. Apaga el potente motor. Recargando la cabeza en el respaldo del asiento medita el resultado de la relajación de estimulantes.
Sueña que se proyecta en aquel trono que sigue detestando, en un trono que miles de locos le ofrecieran en el Hollywood Bowl la tarde equivocada, demacrando metafóricamente su reinado.
Moja la alfombra carmesí. Ese policía vuelve a subir al escenario seguido de una docena de su misma calaña; pero los fans no les permiten acercarse al Altísimo, quien termina lanzando su ira hacia ellos, prolongando el llanto, ensayando la risa; mientras los demás integrantes del grupo, boquiabiertos, introducen al mundo entero a “Light my Fire”.
Jim recuerda su bautismo de fuego de manos del niño profeta; se niega a cantar; no desea nada.
Cierra los ojos. Sobre el trono se obliga a soñar que desea: Bob Dylan en huida manejando una pick-up propiedad de Atlantic Records; Jim lo ve acercarse a la distancia. Nuevo México es la planicie eterna del desierto en la cual es posible observar la masacre de indios.
Una patrulla anuncia en rúbeo y añil que se busca al libertador. Los sacrificados aún no terminan de heredar al pequeño Jimmy.
El final de “Break on True” se vislumbra. Jim se proclama esclavo de la Gran Pirámide; a pesar de que la autoridad lo obligue a pagar por subir al cielo. –El Chaman sale del mar; todo va a comenzar.
Sueña que despierta: El Hollywood Bowl vacío. Infinidad de basura ocultando los instrumentos abandonados. Tras bambalinas se observa a sí mismo sorteando rastreros que fluyen de una guitarra acústica y el órgano destrozado, interpretando con sus cascabeles la Marcha Fúnebre en tonos carnavalescos de espiral ascendente, punzante, hasta provocar la emotividad del único escucha, único testigo, único participante: el hombre.
Despierta. Todavía adormilado le ruega a su único devoto que eche a andar. La autopista es suya de nuevo.

“Cuando se sueña con uno mismo ante la nada inicia el secreto único. Arte: escape al vacío. Amor: la destreza cambia de perspectiva; ahora El es el maestro y yo la obra.
“Una creación que provoca maestría no es un genio, es alguien que instruye al amor. Problemas convertidos en discos inservibles de tanto dramatizarlos. No hay solución para tales tonterías. No tengo explicación; quizás un descanso fugaz.
“Suerte: resultado de la fe aplicada; esperanza de libertad fuera de los necios círculos perfectos. Nunca ha ganado un sometedor; baso mi confianza en los silencios que palpitan. No se trata de emociones reprimidas; sino de turbaciones buscadas, recreadas, expandidas.
“Desde el momento en que puedo decidir entre tener hijos o arar la tierra reconozco que soy un hoyo. Es tan fácil confundir el procedimiento con el término; las patologías con ideologías. Se trastocan las identidades. Se puede creer estar fuera del agujero por resolución personal cuando tan sólo se ha salido de un underground tan enfermizo como ajeno para crear el estilo, la fineza. Al llegar a este punto se ha crecido más que los supuestos ganadores; se ha llegado al origen de la peculiaridad, a la singularidad de identidades”.

Apaga la radio, las oldies. Enciende su rostro; maldice su propia voz en todas las ciudades, en todos los mediocres, en todas las generaciones. ¡En todo el mundo siguen celebrándolo!, y él, ahora, tampoco puede evitarlo.

“¡No logro entender la entrega a una creación sin un personalismo totalmente desapercibido! Frustraciones, solitarios, mecánicas fluidas buscando la sonrisa del extraño; suspiro del cordón umbilical que nos muestra los sentidos; malinterpretación de un amor como instinto de conservación ante el significado y la ignorancia; entendiendo por ignorancia la frágil planicie producto de la cobardía al no reconocerse como mazoquistas legítimos. ¡Ilusos!
“... Debo comenzar a descifrar la manera de comprender al amor; esa amorfidad apenas visible más allá de la niebla en el fondo del abismo. Intentar atraer a la montaña, provocarla, seducirla, ¡joven para mancillarla mil veces!... ... ... ¡Devuélvanme mi juventud!”

Su grito provoca el ladrido de un perro nervioso. A la vez, el murmullo industrial de un tercer turno lo ignora por completo; a pesar de que más de un obrero trabaja con audífonos puestos.
Alguna festividad distante; el silbido de sus oídos y su propio silencio. La noche tibia. El paraíso.
Al fin prende las luces. Reanuda la marcha.

“Ahora comprendo: prudentes que dejaron de creer en sus mocedades convencidos de que todo fue un gran error; y los prudentes que optaron por callar... Ahora comprendo: insensatos aferrados a costa de las consecuencias; insensatos sin idea de sí mismos.
“Reconozco una confesión: siendo parte de la protesta; evitando una pobre imitación esquizofrénica. ¿Cuántos pelearon en el orgullo de Saigón
[3] por su país? ¿Cuántos por el domador que se atrevía a señalarlos con el índice? ¿Cuántos por sus amigos? ¿Cuántos por sí mismos? ¿Cuántos contra sí mismos? Confundir debo ser con quiero ser. Mis letras son el orgullo de una descendencia valiente: liberación mas no libertad.
“Ellos solían decir que mi mirada estaba vacía por no Conocerlo. La gente no entendió que mi mirada logró llegar tan lejos que fue El quien la halló, reconociéndola... Todos creen en algo; la mayoría de esos ‘algos’ no son nada. ¡Mecánica de aire! ¡de su maldito ruido! ¡inseparables! ¡torpes!”

La autopista lo reconoce, convirtiendo el tramo de curvas en otras perfectas rectas para evitar que el chamán vuelva a brotar del mar; para evitar que el milagro se esfume ahora que está a punto de suceder. La autopista lo procura y alguien lo guía a la serenidad:

“... La fineza: ese es mi lugar. El amor es bello cuando despierta a la originalidad en su fondo y en su forma. Nunca pude comenzar a escribir a mitad de la hoja: algo me obligaba a iniciar en una orilla y no parar hasta toparme con el extremo; eclipse absoluto o plenitud de mis ojos. Eso fui, el árbol dispuesto a morir antes de dar frutos para complacer al ingenuo que lo sembró. Mi sufrimiento desapareció cuando dejé de luchar por ser comprendido.
“Mujeres que salvan a su individuo de la confusión abstracta cuando es apenas el comienzo de esta; cuando resulta un divertida caricatura.
“Supongo que aún existen los dibujos animados, frescos, sin complejo alguno: la realización personal en la televisión; deseo ferviente del pequeño Jimmy por encender el aparato.
“Punzante desliz de alturas extremas en donde la mente guía a la locura integral o a la cordura radical; todo es cuestión de actitud. La aberración exteriorizada es gobernada por la voluntad: se está tan trastornado ante los demás como uno mismo desee demostrarlo.
“No existe nada mejor que una vida llena de boberías cotidianas después de haber llevado una vida como la mía. ¿Esto significa que mi pasado fue tiempo perdido, y que perder el tiempo ahora es lo correcto?... Creo que el ocultismo me ayudó a encontrar la presteza.
“Los siquiatras resultarían obsoletos si de vez en cuando la gente se atreviera a escupirse al rostro. Creen superar sus pesares por el hecho de ya no embriagarse, tener empleo y ser ciudadanos modelo; pero la mirada extraviada sigue llamando a diario. La solución no es el histrionismo ante un público que aplauda la premier después de observarla con telescopios domésticos; la decisión es descubrir la epopeya que guarda la simetría salival embarrada en los párpados caídos.
“Conocer ciertas facetas del subconsciente es relativamente sencillo; lo interesante es descubrir su personalidad... ahora entiendo.
“Solía ser poeta y cantante; ahora me reconozco como hombre en paz conmigo. Después de todo, el autoengaño es válido cuando el amor por el fin resulta una metáfora del rencor por el inicio. Ahora comprendo: la rebeldía exteriorizada es la parte oscura provocada por el miedo; la rebeldía silenciosa es idéntica, pero retada, comprendida y dominada; lista para protagonizar el siniestro piromaníaco en el viejo Morrison Hotel, comenzando la catástrofe en la recepción, hasta llegar a la biblioteca del ancestro; sólo hasta ahí. De esta forma, al final habrá tres tipos de personas que no leerán libros: los ignorantes, los sabios y los genios; y habrá dos clases de personas que los leerán: los que los consideren necesarios y los que los consideren divertidos. Sólo los genios que leen por diversión saben lo bastardo que resulta un rol cualquiera; lo semejante que es su esqueleto a la heterodoxia. Sólo para ellos la vida es una enorme fábula; sólo ellos pueden amar esta vida.
“¿De qué sirve vivir en un país donde hay paz social, cuando la paz se debe, no a la libertad de pensamiento, sino a la intolerancia del no pensar de la gente?”

Su vista ya no es la de antaño. Jim siente un golpe seco en la defensa del auto, pero a pesar de su sorpresa no frena. Sigue su camino a sesenta millas por hora sin saber que ha destrozado a un indio.
Minutos después orilla el auto para orinar sin bajar del asiento, salpicando la punta de su bota izquierda. Un eco familiar, dolorido, llega hasta sus oídos entre el silencio de la autopista desierta.
Sabe que lo primordial es llegar lo más pronto posible a la ciudad. Regresa a la cinta de asfalto imprimiendo gran velocidad al auto. Voltea al asiento del copiloto buscando a la mujer que tiempo atrás obligara a bajar:

“¡Juraría que me acompañaba!... ... ... ¡Con quién demonios he estado hablando entonces!... ¿He hablado?”

Ríe de sí mismo sin coordinar nada en absoluto.

“En fin, este es mi último día. Vale la pena. Sé que nada ha cambiado. Los mismos medios; simples extremos”.

Se transporta controlando a la vez el volante y su imaginación. A su lado la sábana del judío, arrugada, adornada por la silueta perfecta de una araña que antaño gozaba de rodar sobre un cajón con ruedas. -Ahora recuerda a la víctima marchita y al pequeño innovador.
Un extraño de gabardina negra se aparece de pronto ante el auto, obligándolo a rechinar los neumáticos sobre el pavimento: Jim juraría que ese... ¿fantasma? no tenía piernas. Al buscarlo en el espejo retrovisor no ve otra cosa que el infinito de la tarde que agoniza en la gran planicie.
Un automovilista –el primero que se encuentra en horas- lo traslada a la realidad, retornando de inmediato al carril de baja velocidad –en extraño experimento, el cerebro y su corazón lo revelan ante la verdadera velocidad.
De reojo se observa a sí mismo en el espejo retrovisor: en verdad han pasado los años y transcurrido la historia; pero, ¿qué clase de historia han escrito los años?

“La voz de una mujer comienza a gozar de credibilidad al invitarnos; es totalmente sincera al proponernos al oído una dulce mentira. Al lado de la sumisión, la inmensidad se convierte en precipicio. Creo que será mejor seguir comunicándonos por la línea del pasado; el abismo halla su esencia en la superficie. Hay que buscar el caos anverso a nosotros.... Después de tres décadas te busco; sé que existes”.

Al fin los suburbios aparecen.

“Al entrar de nuevo salgo de mi madre a la eternidad; de mí mismo, solo, como nunca nadie lo ha gozado.
“Sé que he derrochado, pero siempre será mejor malgastar que pedir. De no haber obtenido la fama hubiera preferido ser ladrón antes de trabajar treinta años para lograr una jubilación; un delincuente inteligente que no sintiese orgullo de la calidad de su trabajo; utilizar el oficio más allá de estereotipos.
“¿Acaso la CIA –si es que aún existe, reflexiona- tendrá archivadas millones de billones de muestras de huellas digitales? ¡Claro que no!. Si por una causa desconocida para la ciencia, cada persona tuviese a un mellizo de pisadas, ya sea en la actualidad o en otra generación anterior o posterior, incluso en otros mundos, significaría que nada ha sido verdad desde que alguien creó la palabra ‘invento’ de manera maníaca; que la fábula, la erudicción y la pericia son hijos bastardos de Mr. Invento.
“¡Cómo amos estas calles!”

Hace tanto tiempo que no las recorría que tarda más de media hora en ubicarse y escoger el lugar idóneo para instalar sus aposentos, sus apestosas botas en ella. Al final su decisión es producto del azar; y es que su ciudad ya no existe.
Estaciona el auto en una esquina cualquiera, en un barrio tranquilo de lo que parece ser una aburrida clase mediana. Al cerrar la puerta las bisagras rechinan reclamándole el abuso de que ha sido objeto al atravesar buena parte de una nación sin la menor consideración.
Decide entrar en una merendería que avista a veinte metros, después de atravesar la calle casi desierta de autos y de gente. Los escasos peatones no prestan atención a su apariencia, a pesar de su pésimo aspecto de insurrecto Hell Angel
[4]. Los años de aislamiento le han provocado cierto aire de ausencia en la mirada.
Mezclilla sucia; botas raspadas, opacas; su camisa negra desabotonada hasta el pecho decorado por varios fetiches extraños interpretados por nadie como metáforas de collar; haciendo juego de cierta forma con las arrugas marcadas en todo su rostro. Cabello corto, totalmente blanco; el bigote cubre sus labios y su barba, igualmente blanca, los fetiches de su pecho.
Caminar pausado que a cada paso reconoce otro mundo civilizado.
Si la gente de más de cincuenta años, en este momento, descubriera su identidad y lo observara con detenimiento, en su eterno intemporal caminar, tal vez gritarían: “¡Vaya! ¡es cierto! ¡es él!”
Pero nadie puede imaginar que sea verdad la leyenda creada sobre la supuesta partida. Y es que la gente sigue siendo tan extraña...
Pasa la una de la mañana. Poco a poco se acostumbra a las formas, los sonidos, los olores –algunas formas, sonidos, olores y otras novedosas adaptaciones intraducibles para él-, mientras se sienta en un banquillo de esa barra triste, desolada. Las mesas a su alrededor se encuentran vacías; excepto una sola, sobre la cual una mesera en turno dormita sus frustraciones, su cansancio, su desvelo.
Jim la llama con un grito prepotente, despertándola; segundos bastan para que reaccione y se dirija somnolienta y a toda prisa hacia la cocina por el café negro que el señor James Douglas Morrison le ha pedido de ipso facto.
Todo lo que sus ojos ven le parece ajeno; se siente angustiado, indefenso, perdido en pleno París.

Comienza a atar cabos:
“¿Indios en París?” –... está realmente indefenso.

“¿Qué está pasando?”

Sorbe titubeante el café caliente. Su sensibilidad apenas asocia el sonido de la radio que escuchan en la cocina. Acepta la música sin reconocer la voz de Bono en “One”; sin recordar qué demonios significa “U2”
[5]; sin comprender la modernidad sofisticada de la época.. Por si fuera poco todo esto, una televisión, a su izquierda, desea venderle tres dvd´s para “lograr la fama en cinco lecciones sencillas”.

“... Hay seres que no resultan carismáticos para la gente; pero sí lo serían para los espíritus. Yo experimenté ambas vertientes; pero el pasado ha muerto. ¡Quién me puede explicar lo que hago aquí!”

Observa el viejo reloj de cuerda sujeto de su muñeca izquierda:

“Se ha detenido. ¿Se habrá dilatado el tiempo? Me sentiría afortunado.
“Sólo estoy seguro de una cosa: o no conozco ni comprendo la vida en absoluto, o la conozco y la comprendo mejor que nadie”.

Está muy fatigado del largo, larguísimo viaje a través del...; de su último tour que no recuerda dónde ni cuando inició, pero que definitivamente hoy ha terminado.


La fatiga del maratón le propone buscar un buen hotel para descansar, pero bien sabe que tiene algo más importante que hacer esta misma madrugada, antes de ir a dormir.

Soborna con unos cuantos francos al guardia del cementerio; quien de inmediato guía a Jim, ayudado de una linterna, a lo largo de varias calles del panteón, hasta hallar lo que ambos buscan: su propia tumba.
Jim se hinca ante ella observándola con extrema curiosidad. Su mudez se expande mientras observa la piedra que lo simboliza. Es la primera vez que está frente a ella, provocando en él una risilla burlona que por momentos hace dudar al guardia.
Durante años se preguntó cómo sería, cómo la habían modelado; cuáles eran los verdaderos motivos que orillaban a la gente a visitarla; y una docena de interrogantes más.

El guardián de restos comprende finalmente al pobre hombre: un fanático idólatra de The Doors extraviado en ese accidentadísimo viaje cronológico. Decide respetar su locura, permitiéndole, con un acostumbrado respeto, meditar largamente; sin dejar de alumbrar la lápida, linterna en mano.



Armonías, diversos ritmos
en el aire
sobrellevando la orquesta
un acorde
coda emoción
agudo extremo
en graves
que te impiden


El viejo centinela no se opone a que Jim deje este mensaje sobre la lápida, en diminuta perspectiva de un lápiz quebradizo. Después de todo, durante seis lustros se le han narrado toda clase de estilos a esa sepultura; y él ha sido mudo testigo de gran parte de ellos con morbosa elocuencia.




El amanecer a escasos ronquidos de Europa. Sabe que es el tiempo perfecto para hacer una llamada al otro lado del océano.
Después de darse una inolvidable ducha se instala pesado sobre la cama; sufriendo sus huesos doloridos en ese cuerpo cansado, aburrido.
Marca el número telefónico. Dos minutos de espera en línea. Al fin una voz rescatada del sueño y de toda plegaria responde del otro lado:
-... ... ... Diga.
-¿Con quién hablo? –pregunta Jim.
El interlocutor, a pesar de su somnolencia, reacciona al instante. Cree tener motivos para intuir el mensaje, como grito de un pasado maravilloso que al fin ha despertado; como el reclamo que durante once mil setecientos noventa y un días interminables ha esperado para confirmar sus sospechas.
-Eh... Habla Mr. Manzarek –se sienta nervioso sobre la cama luego de prender la lámpara de mesa y colocarse, tembloroso, soportando sus reumas, unas gruesas gafas frente a los ojos-. ¿Con... quién desea usted hablar?
-¡Contigo, grandísimo anciano! –contesta Jim, feliz, con la misma carcajada; acaso enronquecida por efecto de los inviernos; encantado de la vida. Por su parte Ray se molesta al punto de la indignación, y con toda razón:
-¡Quién habla! ¡Qué demonios quiere!
-Habla Mojo Risin Mr. Manzarek. ¿Cómo está usted?


-------- & --------





Argue w/breath
nice
while I cry
Midnight!

is must come
like dream
sperm
uncalled
from the center
Borderlands
where liquor’s
made
flow

it must come
unbidden
like the dawn
soft haste
No hurry
hairs curl


The phone
rings
We create the dawn

Jim Morrison.
[1] N. del A. : Para aquellas personas que no conocen la vida de Jim Morrison, escribo esta nota ; pues en ese caso, se encontrarán seguramente con una serie de acertijos, datos, nombres de canciones de The Doors e incluso “claves” –como la conocida “Mojo Risin”: juego de letras inventada por Morrison, mismas que se incluyen en su propio nombre; y que según se decía, utilizaría dicha clave para ponerse en contacto con un amigo suyo, pasados varios años; luego de declarar estar harto de la fama y de una vida espiritualmente vacía.
De cierta forma, durante muchos años fue un misterio su muerte –sucedida en Paris en 1971-, pues solamente su novia, Pamela, y el médico que dictaminó el deceso vieron el cadáver. Ahí comenzó la leyenda de que no había muerto.
A continuación explico otros datos relacionados con Morrison necesarios para comprender bien el cuento:
Los nombres de los integrantes de The Doors –aparte de Jim Morrison- son: Ray Manzarek (teclados y bajo), Robby Kriegel (guitarra) y John Densmore (batería).
Morrison era conocido con el sobrenombre de “Jimbo”.
Cuando Morrison era niño, viajando con su familia por una carretera de Nuevo México, le tocó presenciar un accidente en el que murieron varios indios de la región. –Jim solía afirmar que el espíritu de uno de esos indios lo había poseído.
Hubo un mítico concierto que dieron The Doors en Estados Unidos, en el cual Morrison salió al escenario en estado bastante inconveniente, provocando que fuera arrestado en el transcurso del concierto por “faltas a la moral”. Lo irónico de esta anécdota es que Jim fue recibido como héroe en la cárcel.
Cuando Morrison estuvo en México, visitó la zona arqueológica de Teotihuacán.
Hay quien afirma que Jim había leído la biblioteca completa de su padre. Era gran admirador de Nietzsche.
En su canción “People Strange” (La Gente es Extraña), dos líneas dicen: “People is strange/when you’re strange”: “La gente es extraña/cuando tú eres extraño”).
Los títulos de canciones que se incluyen en el cuento son los siguientes: “Riders on the Storm” (Jinetes en la Tormenta), Love Street (La Calle del Amor), The End (El Final; en la cual Morrison dice: … “Father, I want to kill you…” -Papá, quiero matarte-), “When the Music’s Over” (Cuando la Música de Termina; donde Jim afirma: “Cancel my Suscription to the Resurrection” –Cancela mi Suscripción a la Resurrección-), American Prayer (Plegaria Americana), Light my FIRE (Enciende mi Fuego), Break on True (Interpuesto), Five to One (Cinco a Uno).
Finalmente, hago referencia al título de un disco de The Doors: “Morrison Hotel”.
[2] La “Bruja Cósmica”, Jannis Joplin.
[3] Capital de Vietnam del Sur.
[4] Nombre con el que se identificaban a los integrantes del cuerpo de seguridad en los conciertos de rock a finales de los sesentas. Vestían chamarras negras y eran famosos por su brutalidad.
[5] Nombre que tenían algunos cazabombarderos estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial.

viernes 16 de marzo de 2007

Quinoterapias...


LA SOPA


Mucho tiempo después, Quino se anima a retomar su lápiz:



-Mafalda, hija, ¿otra vez vas a despreciar mi sopa?




Mafalda finge no haber escuchado a la mamá, leyendo presurosa las columnas de la sección de empleos en el diario; mientras tanto la mamá, a sus espaldas, termina de lavar algunas tazas.

-Che, ma, ¿creés que tenga tiempo de darle clases de matemáticas a un niño hiperactivo? –remoliendo su asado entre esa barbarie de pelos rebeldes sin peinar (y sin sostén); dentro de un amplio vestido florido que le llega a los tobillos- Tal vez los jueves por la tarde, ese día no tengo que supervisar exposición en la galería.

La mamá suspira profundo, para luego responder:

-¡Ya vas a empezar con tus cosas! –volteando la mirada, resignada, hacia el techo cochambroso de su cocina; sin capacidad para experimentar enojo; a su edad ha perdido esa vocación con Mafalda- ¡Por qué no te conseguís un novio y dejás de pensar en irte a Polonia, o demostrarle al mundo que Green Peace es una farsa –manotea con sus palmas burbujeantes-, o enseñarle matemáticas a un niño hiperactivo! ¡Qué joder!... ¡Ah!, se me olvidaba que también planeás editar tu libro sobre “Las Verdaderas Razones del por qué ‘La Casa es Rosada’ ” ¡Por Dios! –resbala de sus manos una taza que de milagro no se ha quebrado en la pileta.

-¿Para qué necesito un novio? –se defiende Mafalda, atendiendo al fin a su madre- ¿para que me embarace, que es lo que tanto deseas, y me vea como globo? No gracias, con mis ochenta y cinco kilos ya tengo bastante.

-Deberías aprender a Libertad, tu amiga. Tan agradable que es; tan bonita pareja que hacen ella y su marido.

Mafalda ríe, pasando otra hoja del periódico al tiempo que ensarta la última papa del plato; lista para su respuesta infalible:

-¡Libertad! ¡Me querés ver como Libertad! ¡Ja! ¡Qué poca estima me tenés! ¿Qué no sabés que el muy mierda de su marido la golpea? Podría contarte otras cosas de ella, pero me ha pedido que no se lo revele a nadie. Además, él le lleva al menos medio metro de estatura.

-¡Qué decís! ¡Eso no es posible! ¡Su marido se ve tan respetuoso!

-Ay señora, siempre tan ingenua –observa a la madre de reojo: sus tobillos hinchados, vendados; cerrando al fin el periódico, decepcionada de lo poco que le ofrece-. Creo que voy a terminar por enlistarme en la Legión Extranjera.

-¿Por qué no le hacés caso a Felipe? –insiste la mamá-, él es un chico responsable, y se nota que te quiere mucho –mientras imagina, muy a su pesar, la triste escena de Mafalda canjeando el enorme ramo de rosas que le mandara Felipe, apenas la semana pasada, una a una, en la Facultad de Filosofía, a cambio de firmas en apoyo a la “solicitud ciudadana para la renuncia inmediata del presidente de la república”; según le contó Manolo: presto proveedor de todas las cafeterías de todas las universidades de Buenos Aires.

-¡Felipe! –responde Mafalda, sorprendida- ¡Ja ja ja! ¡Mejor pedime que me meta de monja! Así al menos no tendría que soportar a un tipo como él.

-A mí me han dicho que Felipe es un profesionista capaz, y es buen muchacho, eso no lo podés negar –enjuagando las tazas-. ¡Siempre tan pulcro! ¡Ay! ¡Ojalá que mi Guille salga como él!

-Tenés toda la razón, ma; pero resulta que Felipe es un boludo que no sabe hacer otra cosa que sumas y restas en su escritorio. ¡Imaginanos casados! ¡Seguro los domingos los pasaríamos comiendo bombones frente al televisor! ¡Que horror!

-Es un chico honrado y trabajador –machaca la mamá; intentando ahora arrancarle la ceniza de cigarro a un par de vasos.

-Ma… cuántas veces tendré que decirte que nunca debes confiar del todo en la gente que es honrada y trabajadora. Además, con ese perfil que tiene el pobre de Felipe… ¡No sé cómo puede ir al despacho luciendo sus enormes dientes aun con la boca cerrada! –mientras repasa los pormenores de una masacre de inocentes en las noticias internacionales.

-¡Hija mía! –grita la mamá con el ceño fruncido, en tanto seca sus manos en un paño que cuelga de la pared- ¡La verdad no sé cómo vas a terminar! ¡Me preocupas!

-Lo que debería preocuparte –responde Mafalda, dándose vuelta de nuevo hacia su madre- es la panza y la neurosis de papá; no sé cómo lo soportas, ¡a mí ya me tiene harta!

-¡No hables así de tu padre!

-A ver –dice Mafalda, ensayando un gesto de fastidio-, resumiendo el tema –hace a un lado el plato vacío con tenedor y cuchillo cruzados, así como el plato hondo que contiene su sopa fría, intacta-, ¿acaso querés verme como Susana? ¿recordás que de niña se la pasaba jodiendo con que quería tener muchos hijitos y un marido cariñoso? ¡pues vela! ¡con dos críos y sin tener idea de su paternidad!

-Ay Mafalda –rodea la mesa y se sienta frente a su hija, insegura, echándose para atrás su cabello entrecano con esas manos pálidas y descuidadas-, sólo te pido que pienses en tu futuro.

-¿Y qué pensás que hago a diario? –retando con la mirada a la mamá-Créeme que en situaciones extremas, el evitar todo, es la mejor forma para lograr un futuro exitoso, ma. Digamos que cuando no hay opción lo mejor es la abstención; y cuando todos caigan, yo estaré ahí, con el camino libre –afirma en tono sarcástico la chica.

-¡Tú y tus frases célebres!

-¿Cuáles frases célebres? Esta frase es mía –sonríe orgullosa-; la difundí en la Facultad hace unos meses, en vísperas de las elecciones; pero ya ves, no dio buenos resultados –baja la mirada, encontrándose con la terrible fotografía de la masacre de inocentes.

-Más bien deberías abstenerte de ir a ese nido de vagos cada tercer día –arremete la madre; secándose una gota de sudor que le escurre detrás de la oreja.

-¿A qué te referís con “nido de vagos”? –pregunta Mafalda- ¿al taller de cuento? ¡Ja! –aleja un poco más el plato de sopa con su mano, al llegar hasta su olfato ese olor insoportable- ¿Sabes que soy leída en varias revistas de Hispanoamérica? Un amigo acaba de terminar la traducción al francés de una de mis poesías, y según me han dicho en el taller es una excelente traducción. ¡Eso significa que soy traducible!; porque ya ves que hay escritores que al traducirlos a otro idioma, la esencia, la idea, la médula de lo que dicen se pierde… … … ¡Pero qué te explico a vos! ¡si mis cosas nunca les han interesado a ustedes! –y voltea el diario completo para no seguir viendo esa fotografía deprimente.

-Bueno –cambia drásticamente el tema la mujer, sin la menor intención de seguir cayendo en provocaciones-, mejor te vuelvo a calentar tu sopita, ¿sí?

-¡¡¡No!!! –estalla Mafalda, tomándose los cabellos ensortijados- ¡Por qué nunca te cansás de ofrecerme tus sopas si bien sabés que a mí las sopas no me gustan!... Es más –añade-, recuerdo que de niña una vez la vertí en el suelo.

-Sí, me acuerdo de eso –bajando la mirada, aún sentada frente a Mafalda-; y vos todavía te carcajeaste –sonríen ahora ambas ante la anécdota.

-Miralo de esta manera, ma: si me como tu sopa, hoy mismo, en la noche, o mañana temprano, voy a tener que defecarla.

-¡No seas grosera!

-¡Es la verdad! ¡Escúchame por favor! –toma sutilmente del brazo a su madre, como quien intenta hacerle entender una tragedia- En el mejor de los casos, en los próximos días se transformará en mísera mugre embarrada por todo mi cuerpo, como desecho normal de mi piel, de mis órganos, de mis huesos o de mi sangre, y se irá la muy ingrata por la coladera del baño cuando me esté duchando; y lo mismo pasará contigo, con Guille y con papá. ¡Sobre todo papá, con su espeluznante abdomen!

-¡Ya no quiero escucharte! –responde la mamá, cubriéndose los oídos. Gira sobre su silla hacia la alacena.

-En cambio –sigue Mafalda, indiferente a la actitud de su madre; disfrutando del cuadro-, si guardás esta sopa en el refrigerador, seguramente seguirá siendo un delicioso platillo para ustedes, por mucho, mucho tiempo.

La señora deja de apretar los ojos, descubre sus oídos dibujando una discreta sonrisa, una esperanzadora silueta de sus labios libres de culpa.

-Mirá tu hermosa obra –prosigue Mafalda, señalando con desprecio su plato de sopa-, tu exquisito caldo de pollo es una obra de arte, ¡mmmmm! –mamá sonríe abiertamente volteando hacia Mafalda al girar sobre la silla en sentido contrario.

-¿Y por qué entonces nunca has querido comerte mis sopas? –emocionada, a punto de llorar; mientras Mafalda se limita a acomodar su enorme trasero sobre el cojín de la silla; sin evitar mirar con asco el plato hondo, en cuya superficie ya se forma una espesa nata amarilla; respondiendo con todo el sarcasmo acumulado en su vida:

-Vos sabés bien cuánto amo el arte… ¿o no?...

-¡Estás loca! –rompe en llanto la mamá.

-¡Por qué siempre me pedís que me engulla tus sopas, aun cuando no me va a quedar otro remedio que convertirlas en material de reciclaje!

-¡Hacé lo que quieras! –sentencia la mamá, y retira con violencia todos los platos de la mesa.

-¡Entonces con tu permiso! ¡voy por cigarros! –grita Mafalda devolviendo el enfado; toma un palillo antes de azotar la puerta del viejo departamento.




-¡Mafalda! ¡cuándo vas a seguir mis consejos! –se burla su hermano, al que se encuentra a veinte metros de casa.

-¿Consejos? Vos no estás para darme consejos, enano insolente –siguiendo su camino ignora el rostro burlón y cubierto de acné de Guille.

-¡Cuando te atrevas a ponerte minifaldas me darás la razón! ¡Ja ja ja!

-¡Idiota! ¡Lárgate! ¡Ya me di cuenta de que me espiás cuando me baño! –le grita Mafalda a la distancia; tropezándose en la banqueta con sus zapatos cuadrados; sin importarle que los vecinos y los transeúntes la escuchen.

-¡Hola Manolito! –saluda Mafalda, despreocupada, entrando en la tienda de toda la vida.

-¡No me digas Manolito! –responde el tipo con su voz de lija; recargado en el mostrador de siempre; repitiendo la frase de siempre.

-Para mí vos siempre serás Manolito, el último caradura del barrio –responde Mafalda, con nostalgia y cariño.

-¿Qué querés? –pregunta Manolo, flamante y único heredero del negocio; comprendiendo la intención de Mafalda, con esa eterna mata de pelo simulando un plantío de espinas cortado por una podadora.

-¿Por qué a diario me preguntás “qué quiero” si siempre te pido lo mismo? –afirma preguntando, divetrtida.

-… Porque no pierdo las esperanzas de que uno de estos días entrés a la tienda ¡pidiéndome que me case con vos! ¡jé! –recorre con la mirada y con descaro el regordete pero a la vez apetitoso cuerpo de Mafalda; deteniéndose libidinoso en sus senos dibujados sobre un par de margaritas; sonrojado desde hace años; lanzando sin remedio al aire un sonoro pedo ante su incontrolable nerviosismo de lustros duplicados.

-¡Bestia! –azota sobre la madera ennegrecida del mostrador el dinero por los cigarrillos- ¿Qué pretendes? ¿despertarme a media noche con tu insoportable fragancia?

Mafalda sale furiosa, desilusionada a la calle; sin advertir que Manolito, en lo que se podría interpretar como un acto de genética o simple venganza –quizás cavando su propia tumba ante la competencia desleal de las transnacionales-, ya busca las nuevas etiquetas para cambiar los precios de las sopas.

De regreso a casa, Mafalda advierte la presencia de un policía que ocupa su tiempo viendo los titulares de los periódicos en el puesto de la esquina. De inmediato Mafalda cruza la calle, evitando así aburridos interrogatorios.

Por su parte, Guille, tapizado, además de acné, de líbido, entra y sale de casa sin que mamá se entere. Tal vez mañana regrese a dormir.
Mamá, después de una profunda meditación, vierte el plato de sopa de Mafalda, con todo y nata, en la cazuela, para luego meter esta, tapándola con sumo cuidado, en el refrigerador. Gira al máximo la estrategia y la perilla de “congelar”.
Papá no tarda en llegar.


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Dos días después, Quino, el genio, se convence de que no hay manera alguna de retroceder; limitándose a tirar a la basura estas hojas de papel.





(Adaptación al "idioma argentino" por parte de Cecilia Serrano).

jueves 15 de marzo de 2007

Ideando Futuros Pasados


GIORDANO BRUNO EN EL SIGLO VEINTIUNO

-A ver… ¿entendí bien? –pregunta el siquiatra, confundido- ¿Dices que existen siete universos?

-¡No! ¡Por favor! Universos son setecientos mil en total; mil por cada superuniverso. El universo en el cual tú y yo vivimos –prosigue Giordano-, en el que he permanecido encerrado siete años dentro de esta pocilga, se llama Nebadon.

-Eh… “Nebadon”… ahá –sonríe divertido el siquiatra en una mueca nerviosa provocada por todas las locuras que desde hace una semana ha venido escuchando de boca de su paciente-. Y dime Giordano, ¿cómo me decías ayer que fue lo del Arca de Noé?

El acusado cruza la pierna, sentado sobre uno de los taburetes de esa habitación acolchonada en color azul cielo; viendo directo a los ojos del confesor:

-Noé simplemente tuvo la inteligencia de idear su casa con madera, sin cimientos; digamos como un enorme cajón sellado, para que cuando llegaran las inundaciones, que en su tiempo eran frecuentes y desastrosas, la casa sencillamente flotara mientras el resto veían sus hogares destrozados y familias enteras perecían ahogadas, llevadas por la corriente. Digamos que Noé ideó una manera rudimentaria de mudarse de barrio sin necesidad de pagar mudanza. Todo lo demás relacionado con esta historia fue fantasía convertida en leyenda por los siglos de los siglos.

-Sí… supongo que sí –responde el siquiatra; preguntándose en ocasiones por qué demonios le dio por estudiar esa maldita carrera-. Como aquella otra leyenda que me contaste sobre Lucifer.

-¡Esa no es leyenda! El aún vive; aunque no sé si logrará hacerlo por siempre. Es una lástima, se equivocó de camino, arrastrando junto con él a millones de humanos en muchos planetas de Satania.

-¿Satania? –pregunta el siquiatra.

-Ese es el verdadero nombre de nuestra constelación. El nombre de este planeta es Urantia.

-Sí, claro…

-Tus manos tiemblan –afirma Giordano; sentándose ahora sobre el suelo rellenado con hule espuma; por su parte el siquiatra permanece acartonado sobre esa silla malabareante-; las mías aguardan la libertad.

-Giordano, tú sabes que nunca saldrás vivo de esta celda. Hay alguien que te lo impedirá; evitará que des a conocer “tus buenas nuevas”, como las llamas.

-El énfasis de tu última frase me hace ver que no tienes la menor idea sobre la plenitud. ¿Eres ateo?

-Soy lo que ves –responde, evasivo, el siquiatra.

-Veo a un pobre tonto que se tambalea sobre su silla y que cree conocer los abismos del humano.

-A veces creo que tú eres quien en verdad eres capaz de conocer al humano.

-No los conozco más que tú –responde Giordano-; pero sí sé los destinos de la gran mayoría.

-¿Y cuál es ese destino?

-Un largísimo sueño por no atreverse a ser. Dormirán por largas eras hasta que el universo comience al fin a contraerse, luego de épocas de expansión. Y por cierto, despreocúpate, no existe el infierno, esa fue una invención retomada por la Santa Inquisición; ¡y de eso yo sé bastante! … ¿Sabes cual es el origen del celibato católico?

-Mmm… no.

-Sencillo –prosigue Giordano-, tan sencillo como vil: al morir un sacerdote sus bienes pasan a ser posesión de la iglesia, por carecer de familia, de herederos.

-¿Por qué eres tan complejo?

-¡Por qué eres tan terco! Basta con una actitud sencilla y valiente para evitar el sueño de los ilusos.

-¿Y qué pasa con los que evitan ese sueño?

-Despiertan a los tres días.

-¿Dónde? –sigue preguntando, a cada momento más intrigado, el siquiatra.

-En los mundos de estancia de Satania.

-¿Y ahí qué hay?

-Ahí –emocionado, le explica Bruno al siquiatra-, los maestros pulen al recién llegado de vestigios animales, de defectos como la postergación, la ambigüedad, falta de sinceridad, el evitar problemas, la injusticia o la búsqueda de lo fácil. Todo lo anterior, claro, dentro de lo que cabe, pues el camino es larguísimo. “Hay muchas moradas en casa”, ¿recuerdas esa frase?

-Más bien recuerdo una tuya: “¡Cuánta piedra y tan poco Dios!”

-Bah… a cualquiera pudo habérsele ocurrido con un poco de sentido común en la Roma del Imperio.

-¡Es que es una frase digna de un artista!

-¡Cuidado! ¡Mucho cuidado! –grita Giordano, para luego parecer concentrarse en extremo, como deseando recordar nítidamente una atmósfera muy especial- Créeme que para lograr expresarme con claridad en lo que te diré a continuación me veo obligado a bosquejar un paralelismo burdo de conceptos. Por cierto, Juan también viajó al igual que yo a ese lugar, pero la autoridad se sigue negando a reconocer su Evangelio Apócrifo.

-¿De qué lugar me hablas?

-¡Calla y escucha! –sentencia Giordano- El humano posee una gama muy limitada de distinción de sonidos; y es que, aunque te parezca increíble, todavía nos encontramos en evolución física como animales que somos. Los científicos se ven imposibilitados de percatarse de esto debido a su escaso horizonte de acción, tomando en cuenta los fósiles relativamente recientes, si consideramos a la evolución como lo que es realmente: un secreto muy extenso.

El siquiatra al fin logra un punto de equilibrio sobre la silla; hechizado por las palabras de Bruno, quien prosigue:

-Hay más de cien mil distintas modalidades de manipulación del sonido, el color e incluso la energía. El baile es un intento burdo y grotesco por alcanzar armonías superiores.

-Creo que te estás aventurando demasiado en tus comentarios –se anima el siquiatra-, eso de que “estamos en evolución” –ríe jocoso-; y… ¿acaso no te gusta el baile?

-Quizás logres captar mejor lo que te provoca tanta gracia –responde Giordano, evadiendo de mala gana la pregunta del siquiatra- si lograras entender que los mundos habitados por seres de carne y hueso, como este, son por así llamarlo el terreno de desove de las razas del tiempo y el espacio. En Satania, nuestra constelación, hay seiscientos diecinueve mundos habitados de este tipo; el nuestro es el número seiscientos seis. En estos mundos hay toda clase de humanos, desde los que no necesitan tomar agua, ni respirar o comer, hasta los de uno, dos o tres cerebros. Aquí, en Urantia, poseemos todos dos cerebros, los llamados encéfalos cerebrales.

-A ver –lo interrumpe el siquiatra, algo más que confuso-, ¿quién se supone que le dio el número seiscientos seis a este planeta?

-En Jerusem, capital de la constelación de Satania, hay seres que se encargan de llevar un registro de los mundos que por medio de la evolución natural, al fin logran la aparición de animales capaces de darse cuenta de su situación individual y rudimentariamente emocional.

-¿Y cómo se dan cuenta de eso?

-¡Cómo quieres que te lo explique! ¡Tendrías que estar conmigo, allá!

-¡En dónde, Giordano! ¡En dónde! –se excita el siquiatra.

-Te pido que me escuches; aunque de nada valga lo que diga. De nada valdría que el mundo entero me atendiera ante tanta mediocridad.

-Te escucho –lo invita en siquiatra, más calmado.

-Mira, los verdaderos padres de los humanos en este planeta se llamaron Andon y Fonta; fueron los primeros en aprender a lanzar piedras y servirse de garrotes al pelear, así como púas puntiagudas de roca, piedra y hasta hueso; las ataban con tendones de animales.

-¿Y dónde está escrito todo eso?

-¡Qué quieres que te responda! ¡allá!... El gran logro de Andon y Fonta, macho y hembra, respectivamente, fue percatarse, vagamente, de que eran algo más que meros animales; llegando el momento en que decidieron evitar aparearse con sus primos inferiores de tribus simias.

-Bueno, dime una cosa –esforzándose el siquiatra en hilar sus ideas-, ¿quién provocó en… “Andon” y… “Fonta” que decidieran no aparearse más con aquellos simios inferiores?

-¡La simple evolución! La evolución siempre progresa hasta lograr un cerebro ideal; a eso me refiero cuando te digo que estamos en evolución, audible y visual: nuestros oídos y nuestros ojos aún no alcanzan su plenitud evolutiva. ¿No te das cuenta? ¡La evolución siempre vence!; hasta en mundos retrasados como el nuestro, en cuarentena total por culpa del desatino de Lucifer en Satania.

-¿Qué tiene que ver Lucifer con Satania? –interrumpe el siquiatra.

-Lucifer era el príncipe de nuestra constelación, pero ante su rebelión, los Señores del Universo de Nebadon decidieron deshabilitarlo para llevarlo a juicio; mas este hecho no pudo evitar el camino irregular de los planetas que en su momento lo siguieron en su insurrección; entre ellos el nuestro, provocando un camino desatinado en nuestras mentes evolutivas.

-No habías mencionado que Lucifer era el Príncipe de Satania.

-Adán y Eva –ignorando por completo Giordano las últimas palabras del siquiatra- arribaron a Urantia, contando hacia atrás, desde el 2005, hace 37,919 años. Su fin principal era mejorar las razas de urantianos por medio del cruce normal con ellas; y no sólo ambos, también su descendencia de hijos, nietos, tataranietos, etcétera. Caín y Abel no fueron sus primeros hijos, pero sí es verdad que el primero mató al segundo; y es que Abel era muy presuntuoso, llegando el momento en que Caín cayó víctima de un ataque de ira, matando a su hermano vanidoso y provocativo.

-¡Quién te ha contado tantas historias! –interrumpe una vez más el siquiatra.

-¡Tercos! ¡Tercos!

-Está bien… prosigue –se rinde el siquiatra.

-Antes de llegar aquí, Adán y Eva prestaban sus servicios en laboratorios de física de pruebas en Jerusem. Esto explica que eran expertos anatómicos respecto a las especies animales y vegetales que habitaban Urantia en aquellos días. Ambos se alimentaban del así conocido entonces Árbol de la Vida.

-¿Arbol de la Vida?

-Fue traído desde Jerusem. Se alimentaban de sus frutos, los cuales les evitaban envejecer; pero las ideas paganas de los nativos poco a poco fueron convirtiendo el recuerdo de aquel árbol en esa ridícula manzana que tenían prohibido probar… ¡Vaya que somos tontos!

-¡Me vuelvo loco! –explota el siquiatra.

-Ten cuidado, en ese caso serás el único loco dentro de esta celda –afirma sarcástico Giordano.

-¡Y aparte tu humor! ¡Eres grande, Giordano!; pero entiende que no puedo gritarlo allá afuera. El me mandaría encarcelar, y no en una celda acolchonada como la tuya.

-Velo de esta manera –responde Giordano con ironía reflejada en su rostro-, sería tu oportunidad para que tomaras un año sabático.

-¡Ni soy judío ni sería un año sabático!; más bien décadas neuróticas interminables.

-¡Ja ja ja ja ja! ¡Qué gusto me da comprobar lo que ya sospechaba!

-¿Qué cosa? –pregunta el siquiatra.

-¡Tu sentido del humor! Eso le baja puntos a tu testarudez… Ahora que recuerdo, el simple origen del Sabbath se basa en que Adán y Eva decidieron descansar el sexto día a partir de su llegada a este mundo.

-¡Estoy a punto de reventar!

-¡Hazlo¡No te podría suceder algo mejor!

-Perdona Giordano, no me atrevo a hacerlo.

-Tu personalidad se parece a la José.

-¿Cuál “José”?

-José, el de María. Su temperamento era dulce, extremadamente escrupuloso. Hablaba poco, pensaba mucho. En cambio, María era alegre, siempre de buen humor y dispuesta. Nunca estaba triste, solía indignarse ante las injusticias; era liberal, incluso en ocasiones rebelde. José era trigueño de ojos negros. María rubia oscura de ojos pardos; tejedora experta y además excelente ama de casa. Y créeme que… … …

¡Puuuuuuuuuuuuuuuuuuu! –suena ese espantoso timbre.
Se ha terminado el tiempo. El médico se acomoda la corbata, incorporándose nervioso de esa silla que parece flotar. Su rostro transformándose poco a poco en el bosquejo de un puritano.
Giordano permanece, simplemente permanece observando cómo se abre la gruesa puerta metálica, saliendo de la celda la ciencia mientras más secretos por revelar se agendan en una incógnita con fecha miércoles, once horas, mismo lugar. El espera el reporte de rutina en su oficina, unos cuantos metros arriba del original apócrifo de Juan.




NOTA: Gran parte de la información contenida en este cuento fue tomada de “El Libro de Urantia”.


El autor.

miércoles 14 de marzo de 2007

El Día que el Infierno cambió de Mando


EL ÚLTIMO SUEÑO DEL GENERAL


"Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan
para que no las puedas convertir en cristal."
-Silvio Rodríguez.



I




El brillo de esos ojos apuñala su mirada de imágenes en retirada; neutros matices apergaminados de sublime cansancio.








-¿Cómo te sientes? –le pregunta su esposa desde el umbral de la puerta, asomándose apenas.








-¡Déjame solo! –responde con voz punzante hasta las vísceras, como es su costumbre; desde la silla de ruedas- Apaga la luz y vete a dormir; estaré bien –le ordena a ella y al destino en un único intento para ahorrarse más oprobios ahora que parecen estar de moda, en oferta; haciendo un ademán sobrado, humillante con su mano acostumbrada en otros tiempos a clavar el pulgar sentencioso en la carne palpitante de la Alameda, deshojando una a una, en plena primavera, hasta la última rama en flor; lluvia de hojas en vuelo marchito sin que el mundo se enterara.


Queda solo, como siempre ha estado; enclaustrado en su noche que ya cuenta por docenas desde que ocurriera el milagro al salir caminando del aeropuerto para seguir metiendo el dedo en la memoria de Villa Grimaldi. Los cuadros lo enmarcan; la alfombra lo sigue absorbiendo en lento proceso que provoca que las botellas de lujosos licores bajen día a día su nivel; como el enorme candelabro aburrido de la obscena melancolía de los párpados del hombre, pareciendo esperar el momento en que una mano ingenua desatornille todo ese glamour de piedras preciosas y de esta manera sea absuelto al menos mientras dormita.


Reclina el cuello pero el cuerpo completo, rendido, no logra relajarse a pesar de que no ha hecho nada distinto a esta hora desde que argucias propias y ajenas decidieron convertirlo en un monje andino incapacitado mentalmente para darse cuenta de que la suerte fantasmal de la tortura todavía ronda sobre Pisagua.








-¡Por un demonio! ¡Qué pasa con el reloj! –puja tanto sus maldiciones decadentes que la “Ronda Nocturna” de Rembrandt, perdida en la oscuridad del salón, a sus espaldas, se transforma anónima en algo así como “La Redada Cotidiana” del Caudillo- ¡Lucía! ¡Lucía! -grita casi aullando, sabiendo que nadie desea escucharlo.


Ella ya duerme, confiada de los enfermeros que en poco menos de una hora entrarán en el salón, llevándolo hasta el baño a cambiarle el pañal después de sentarlo en su más legítimo trono hasta hacerlo cagar sin más tormento que el poco tiempo que le queda para lograrlo; al menos las pocas migas de marraqueta que las hormigas de Lonquén hayan dejado en la once de hoy. –Limpiarle el culo se ha convertido en cuestión de días, no de principios.

En el momento en que Lucía apagó la luz, confundiendo el presagio con su más profundo anhelo, el exquisito reloj suizo del siglo XVIII simplemente se detuvo, sin más, por primera vez en treinta y tres años y un cuarto casi perfecto.
Al percatarse de este detalle, tomando en cuenta que el general ubica hasta la maldita perfección acostumbrada el último mueble dentro del salón –como el filo punzante de una hoja de acero cercenando el mensaje de la hoja de papel que tan sólo quería salvar al rocío sobre la hoja de hierba-, no tarda en activar la silla eléctrica para que su dedo sucio manche el switch fosforescente en el muro; como antaño excitaba la pus a borbotones en el Comando de Inteligencia.
Retorna la luz al salón. Ese titubeante presente que de manera recurrente lo hace pensar en el Apocalipsis del glorioso futuro con todas y cada una de sus estatuas desmoronadas; no por la hoz y el martillo, sino por el pasado abortivo de Pedro Machuca como germen de fe gritando su propio nombre en la cara de aquel héroe anónimo que perdiera la partida en el Estadio Nacional.
Cuando se estiró para prender el switch, su discreta joroba vestida de corte inglesa hizo un máximo esfuerzo por convertirse en elipse en decadencia –el fotógrafo de The Clinic habría muerto de delirio al tomar la placa-; para transformar, con ayuda de los pesados fusiles, alguna teoría matemática en algo más decente que el álgebra maniatada por simples sumas espumosas de desaparecidos.
Con el gran resplandor del candelabro también ha vuelto el elaborado perfil de mil molduras en el reloj, arrinconado casi con grilletes medievales. Cristalino de nuevo su “tic-tac” como el mirar incierto del general presagiando el colapso. Los prolongados ronquidos de Lucía en el piso de arriba parecen armonizar con la monótona marcha cada vez más lenta del segundero hastiado de su destino; como si el tiempo, la era, se terminara; deteniendo de a poco la iluminación hasta que el ciclo y el esplendor firmen el tan anhelado pacto de paz; terminando con el antiguo estilo de la Ley Fuga de fechas clandestinas.
No hay nada más que hacer. La luz se esfuma de nuevo sin motivo de por medio, volviendo muda a la época pasada; como si se tratara de un simple juego de Pedro en la oscuridad de su barriada:






-¡Disparen malditos! –vocifera el general a los siete cielos vacíos- ¡Disparen cobardes! –descubriéndose el pecho injuriado de su bata de seda.
Sin tregua ni cordura (¡al fin sin cordura!) ruega al Dios del Miedo que se aleje; pero dicho dios más que alejarse decide adelantarse en el camino para dar su ronda nocturna que quizás esta misma noche se convierta en redada cotidiana en espera del Caudillo.


-¡Conchesumadre! –se traga su hiel exudando terror.

Allá afuera, en la ciudad, en los campos, las campanas, las soledades, los llantos, las calles estrechas que vio Magallanes, el punto exacto del Capricornio cobrizo de Antofagasta, la fiesta en Viña, las viñas en fiesta. La Cordillera completa siente calor en sus entrañas, regalando las cumbres más altas a una inusitada lluvia primaveral nacida en Valdivia, sin límites de júbilo hasta el futuro conciliador que limpie la última partícula de excremento en las alcantarillas abiertas al cantar su júbilo.

Los ojos del general enrojecen, empuñado a su silla; intuye el atajo que ha tomado el Dios del Miedo para cazarlo. No se resigna a despertar a su último sueño. Se aferra a este mundo de la misma manera en que uno de sus tanques enmohecidos quisiera aparcarse en la esquina de Alameda y Vicuña Mackenna, poco después del amanecer.

Es cuestión de esperar. Nada ha sido cierto. Bien comprende que la realidad siempre ha superado a su utopía. Si al regresar de Londres la Virgen del Carmen hizo el milagro de levantarlo de su silla para volver a caminar por las calles de este Santiago, ¿por qué no ha de lograrlo de nuevo?
Vamos, inténtelo general. Lo separan unos cuantos segundos iluminados de metralla... ¿No puede? Ande, trate una vez más; su molleja todavía no se ha anexado en la lista de condimentos en la olla. ¿Escucha a Lucía roncando como hipopótamo? Sus enfermeros juegan, ebrios de whisky importado, con las cartas que nunca más le limpiarán el trasero; el comodín de la suerte está bajo la manga del pueblo.
Buen viaje, general.






-¡¡¡Señores!!! ¡¡¡Señores!!! –chillante como nunca fue su último reclamo en un abismo de horas, llamando inútilmente a los enfermeros.

Lo único que jamás logró aniquilar está a punto de convertirlo en cenizas: el tiempo, a la hora exacta en que el Dios del Miedo ha retornado a su morada.




II

-¡Te dije que apagaras la luz al salir! –grita molesto el viejo Salvador a su ayudante, al regresar ambos de la once retardada, apresurada debido a las circunstancias, para proseguir con su labor.


-¡La apagué, poh! ¡Cómo crees que se me iba a olvidar algo tan importante! –afirma sincero el chico, sin dejar de masticar esa apetitosa marraqueta rellena.




-¡Lo que deberías apagar de una buena vez es la televisión, por respeto al general! –extrayendo Salvador de un par de cajones metálicos, un tanto oxidados, tres paquetes grandes de algodón, así como varios frascos que contienen extrañas sustancias, un par de pinzas de diabólicas puntas, acompañadas de unas largas tijeras de peluquero; un gastado carrete de hilo color carne al cual viene sujeto la fina aguja de punta curva; más frascos, pequeños, con tapones de corcho, repletos de tintas diversas que van del blanco opaco hasta el ocre enfermizo; sin olvidarse del pomo de maquillaje con todo y esponjitas redondas y ovulares, de diversos tamaños, una que otra con mango de madera; medio kilo de vaselina y un fino peine negro, de plástico; además de palillos bien pulidos, de distinta longitud, mismos que el viejo comienza uno a uno a revestir de algodón, enrollándolo en una de sus puntas afiladas mientras el chico retira, con cierto temor, la sábana del cuerpo, impávido ante el semblante endurecido del muerto; rostro semejando los nudos secos de un trozo de madera podrida; obligándolo a tragar el trozo de marraqueta rellena como piedra poniendo a prueba su garganta, su temple.




-Si quieres apago la televisión –responde tardíamente, un tanto asustado, el chico-; pero el miércoles es la final, poh –sin perder de vista el rostro entumecido sobre la plancha metálica-. ¡El Cacique se coronará al fin! ¡Todo Chile habla de eso y tú sólo piensas en “el mejor trabajo de tu vida”!




-¡Este será el mejor trabajo de mi vida! ¡Mi obra maestra! ¡El mundo entero la verá! ¡Hablas como si no supieras quién es él! –señalando Salvador el cuerpo desnudo sobre la fría plancha.


-¡Claro que lo sé, poh! Mi padre dice que mi tío Jaime se quedó a vivir hace años en Francia, en no sé qué pueblo, con unos parientes dedicados al cultivo de la vid; pero mi madre afirma que este hijo de puta lo mató, o lo mandó matar, o lo desaparecieron, ¡o no sé qué weá! Cuando me llamaste para que viniera de urgencia –sigue el chico- todos mis tíos peleaban en casa viendo las noticias en la tele; pero nadie sabe lo que sucedió con el hermano de mi madre. ¡Son cosas que pasaron antes de que yo naciera! –toma un trago grande de agua de la llave, a un par de metros de los pies del muerto, con los guantes ya puestos, para ayudar a pasarse otro mordisco de su marraqueta. Salvador lo ve de reojo, interesado en la corta historia que acaba de revelarle.
Ambos han advertido en silencio, a través de la ventana, que la tarde se desvanece sin prisa con un no sé qué de claridad aletargada. El río Mapocho fluye en sus aguas un nada de angustia, limpias de las entrañas que las volvieran repugnantes como el aire encerrado del cuarto donde el general sigue siendo decorado con esmero.






-¡Puafffff! ¡Ya vas a empezar a pedorrearte! –grita el viejo Salvador, furioso; mientras termina de colocar, con sumo cuidado, el segundo tapón de algodón compacto, condimentado con el pegamento necesario, en el poro izquierdo del cadáver, metiendo hasta el fondo, en un callejón sin salida, para siempre en las cavernas husmeantes de ese perro de caza, sus gruesos pelos retorcidos, canos, vulgares.
Los oídos y la garganta ya han sido sellados de idéntica manera. Ahora le toca turno al culo. El aprendiz se retira los guantes para ponerse otros más gruesos, más largos; al tiempo que responde al maestro:


-¡No me estoy pedorreando, poh! –dando entre los dos la vuelta un tanto brusca al cuerpo, ayudados de la sábana blancuzca, manchada de inmundicias sedentarias visibles al olfato.
Aparecen las nalgas arrugadas, tristes, aplanadas, sin contar su flácida, decadente pelotudez. Semeja un chancho colgado del gancho en el matadero, con el cogote estirado. La tiesa papada, tomando en cuenta las décadas de estorbo del susodicho, podría interpretarse como una especie de papiro donde la DINA firmara ahora mismo de recibido por los servicios prestados.






-¡Por qué siempre pides esa marraqueta con porotos y mayonesa! ¡Un día de estos provocarás que explote toda la funeraria! –sigue quejándose Salvador, con gesto adusto.


-¡Lo que apesta es este trasero conchesumadre! –se defiende el chico, turbado, señalando las nalgas del general; las cuales Salvador comienza a desenmarañar con profunda paciencia, por decirlo de alguna manera, peinándolo con partidura al medio, para facilitar las posteriores maniobras de limpieza- ¡Se ha de estar despidiendo con su última sinfonía silenciosa de pedos! –sentencia el chico- ¡Pero “muerta la perra se acaba la leva”!, como dice mi padre.
El viejo se anima a dibujar discreta sonrisa ante la ocurrencia de su aprendiz. Coloca el fino peine negro sobre la mesita metálica de su instrumental para secarse ese frío sudor del rostro y la calva, guardando luego, presuroso, el delgado pañuelo de tela en la bolsa trasera de su pantalón de mezclilla. Pero en cuestión de segundos la risilla nerviosa se esfuma de él; el honor lo obliga a rendir pleitesía hasta el último momento:






-¡Te prohíbo que te expreses así! –en el preciso instante en que las puntas más diabólicas de ese par de pinzas, con ayuda de las largas manos del chico, abren en flor el espeluznante nido de arañas para taponearlo y coserlo, clausurado por los siglos de los siglos.
Al volverlo boca arriba, levantado de nuevo de cuajo sobre la sábana, con la intención de vestirlo con su uniforme de general y los botones originales de O’Higgins, maquillarlo; no sin antes un ligero recorte al bigote y una rápida afeitada, Salvador advierte algo inaudito, algo que el chico pasa desapercibido debido a su inexperiencia en el oficio: sobre la plancha, a la altura de la cabeza, han quedado dos gotas de sangre un tanto diluida.
A pesar de que los párpados del general están perfectamente unidos, inmunes a los espías, de sus lagrimales fluyen ahora, como agua y hasta las orejas, dos hilillos más de sangre, escurriendo fantasmagóricos; la que brota del ojo izquierdo más resbaladiza debido a la posición lastimera de la cabeza que Salvador no duda en colocar en perfecto balance, como si en eso se fuera el equilibrio del mundo entero.
Entretanto el muchacho ha desviado su atención, atento al último reporte de Borghi respecto a Matías y Suazo; tirando al fin en el bote de basura, forrado de algodones manchados, la servilleta de su marraqueta que termina de remoler distraído.
Salvador aprovecha para cubrir, ágil, el cuerpo completo con la sábana.




-¡Salte un rato a pedorrear a la vereda, weón! ¡me tienes harto! ¡siempre es lo mismo contigo!






-¡Ya poh! ¡no es para tanto!


-¡Sal ahora mismo!... yo te llamo cuando te necesite.

Lo que necesita el viejo Salvador es un calmante. Nunca había visto, en veintisiete años de trabajo, que un muerto sangrara por los ojos, mucho menos de esa manera profusa que ya raya en lo alarmante; como si alguien hubiera osado acuchillar todo lo que esos ojillos astutos, hundidos, presenciaron en vida.






-¡Nos salvaste! ¡Todo Chile te lo agradece!... pero ¡qué necesidad había!... ¡qué maldita necesidad había, general!... –no sabe de dónde demonios sacar más algodón, más papel higiénico; su propio pañuelo limpiando las lágrimas de ambos rostros confundidos en un sentir contradictorio.
Tiene que controlarse. A las diez en punto debe estar lista la obra de arte.




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Ni el agua bendita en el Alpatacal logró ocultar un último esbozo de sangre en el lagrimal izquierdo; avergonzado, quizás, de aquel escupitajo sobre el cristal.
La ceremonia resultó una verdadera obra maestra en el río Mapocho, repleto de gozo en ambas riberas; en su lecho que sigue arrastrando, hasta el fondo marino, un testamento a punto de ser leído:


¡¡¡Señores!!! –aúlla tan agudo el Dios del Miedo que sus barbas se sacuden con violencia, entre una lluvia de hojas de vuelo azufrado, dándole la bienvenida al recién llegado a su celda de cristal, como único testigo del nuevo amanecer sin su odioso mirar- ¡Todos de pie! –los matorrales marchitos rinden honores de rigor a manera de antiguos registros en papeles con filo de acero:






“Todo pasa y todo queda
pero lo tuyo es pesar
pesar siendo testigo
de tu miserable andar.
Nunca alcanzarás la gloria
ni dejar en la memoria
de tu pueblo en libertad”.*













Adaptación del cuento al “idioma chileno” por parte de Jeannette González Véliz.
la-negra-chilena
TQM







*Paráfrasis al párrafo original de Antonio Machado.

Cien Años de Redundancia


GABO AGONIZA: Amnesia de mis Dichosas Meretrices


Hace mucho tiempo que él vive convencido de haber sido un gran hombre. La sagaz inocencia de ella no le alcanza para comprender que en verdad ha sido una gran mujer. Ambos tomando el té y el sol tan necesario para los ancianos que suelen preguntarse, con congoja o regocijo, si seguirán acumulando meses de guardar o acaso verán el final del otoño; o el ocaso de hoy.

Algo se mueve, carraspeando:

-… A partir de mañana comenzará mi leyenda –gime, cadente, esa voz que cede ante las olas; hundido en su sillón-. Es una lástima que hayas malbaratado tu vida, que nunca lograras trascender a tu tiempo cuando pudiste haberlo hecho –dirigiendo el trazo de esas canas y sus manantiales secos hacia ella; a la vez que su mirada se detiene en los recintos que en el futuro seguramente evocarán su nombre y hasta su imagen en piedra; híbrido perfecto de un sueño impostergable.

-Te equivocas –sutil, mas no ingenua: humillada-. A partir de mañana seguirá tu realidad. ¡Qué simple resultas! Es una pena que no te hayas retirado a tiempo; cuando te hice ver, aquella noche en Cali, al igual que Anaís lo hizo con Miller, y como tantas lo intentamos con tantos como tú, que el fondo, sin forma, se esfuma. ¡Siempre te obstinaste a interpretarlo al revés! ¡Esa maldita manía por llevarme la contraria!; a fuerza de amar mis formas que ya ves, se esfumaron con el tiempo y tu nostalgia aburrida.



Al escucharla hablar de esta manera las manos del viejo escritor intentan en vano evocarla; presintiendo las fuerzas últimas más allá del crepúsculo.

martes 13 de marzo de 2007

Moros con Cristianos Marca Acme


EL CAMARADA SANTA


No pudo evitarlo.


Al descubrir ese inaudito Santa Claus a través de sus diminutos lentes, prendiéndose y apagándose a mitad del Caribe, jaló intrigado y decidido de las riendas de sus renos virando el trineo hacia aquella extraña isla; la cual, a pesar de su tamaño, no había contemplado incluirla en viajes anteriores; de hecho mientras descendía llegó a pensar que nunca en su vida había estado ahí. –Lo que no imaginaba en esos momentos era que jamás retornaría a ella.
Decidió tocar tierra a cierta distancia del enorme monigote sonriente e iluminado, aureolado por esa eterna leyenda multicolor: “¡Feliz Navidad!”, dantesca, titilante más que simplemente parpadeando detrás de la larga reja que hasta la fecha sigue enmarcando a la embajada de los Estados Unidos.
Sus renos cansados, hambrientos por el prolongado viaje y el drástico cambio climático desde el Polo Norte, arrancaron con desenfado buena parte del pasto de la banqueta; turnándose para saciar su sed de algún charco de agua fresca.
De pronto, aún sobre el trineo, sobándose las rodillas y la espalda destrozada, Santa, experto en eso de intuiciones, sintió que algo le subía por la columna hasta su gorro de arlequín, advirtiendo el caminar pausado y seguro de sí mismo de alguien aproximándose detrás de él.

-¡Ya era hora de que llegaras, viejo de mierda! –era Fidel, pistola en mano; obligando sin recato ni contemplación a bajar del trineo al simpático gordinflón; exigiéndole caminar hasta el enrejado ante las miradas contemplativas de los renos que se alejaban parsimoniosos en busca de más pasto y más charcos; entre el brillo encantador de todos esos regalos esperando destino en el mundo entero.

En vano intentó Santa hacerle entender a Fidel –bueno, si el Papa habla siete idiomas, imaginemos cuántos idiomas, dialectos y hasta lenguas muertas dominará nuestro personaje- que apenas tenía tiempo de sacar su larguísimo rollo de anotaciones para comprobar itinerarios; así como comprobar el nombre del nativo que lo había evocado, que lo había obligado a bajar, a modificar sus planes en ese insólito paraíso; llegando hasta él el cercano murmullo de la marea y sutiles olores a encierro matizados por el majestuoso aroma de La Habana.
A cambio recibió empellones y cachazos por parte de Fidel en sus descomunales lonjas rojas fajadas con ese vistoso cinturón negro:

-¡Bríncate la verja! –gritó escueto Fidel- ¡Y ya cállate de una buena vez!

Luego de varios ridículos intentos al fin Santa logró, entre rezos, jadeos y alaridos, treparse en lo alto de los barrotes, cayendo de nalgas del otro lado sin mayores consecuencias, salvo su grito dolorido mezclado con las carcajadas de Fidel; dándose cuenta el tipo asustado de que el porrazo había aliviado por completo el tormento de sus vértebras; solitarios ambos en aquella madrugada, ignorados por los turistas en autos sigilosos, desprevenidos al igual que los lugareños adormecidos.
Fidel le aventó a Santa, a través de la reja, unas enormes tijeras de acero con mango de madera:

-¡Ya deja de quejarte! ¡Corta los cables! ¡No quiero ver ninguna lucecita en este móndrigo lugar! –refiriéndose al monigote de tres metros de alto y a la leyenda de felices pascuas que Fidel gritó sarcástico con ese acento tan particular.
Son las mismas tijeras que usara tantas veces la gente del Ché Guevara para consumar asaltos durante la Revolución; y que desde hace tres décadas Fidel guardó celoso esperando el deseado momento de su venganza.



Por otra parte, desde el interior de la embajada logró filtrarse una mirada atónita que no se decidía entre pedir auxilio o pedirle un autógrafo a Santa. Los demás gringos también se encontraban ebrios, brindaban vociferando por los pasillos sin discurrir ninguno de ellos que la cerca electrificada no estaba activada.
Era la primera vez que Santa experimentaba miedo de verdad. Quizás una memorable huelga de sus duendes durante la prohibición de alcohol en Norteamérica a principios del siglo XX –ese año Santa no pudo surtirlos como acostumbra hacerlo hasta la fecha- o los vestigios de un huracán extemporáneo por efectos del “Niño”; pero nunca antes se había enfrentado con la muerte. Todo lo anterior se reflejaba en su mente, viéndose obligado a obedecer en todo momento a Fidel; sudaba como si estuviera en el sauna, temblando las tijeras entre sus blanquísimos guantes manchados de barro hasta encontrar los famosos cables enredados detrás de su propia imagen caricaturesca; transformando finalmente el carnaval de la embajada en parcial oscuridad. Los estadounidenses en guardia nocturna, con gorritos de cartón en sus cabezas, parecían tomarle fotos -aumentando la evidencia-, a la vez que arrojaban serpentinas sobre Santa, invitándolo a la fiesta.
Fidel sonreía encantado, complacido, pistola en mano, a la vez que malabareaba una linterna eléctrica. Los gringos ebrios, al ver que Santa se alejaba dispuesto a trepar de nuevo por la reja, comenzaron a maldecirlo, alcanzando a estrellar una botella de whiskey barato en su bota derecha.




Santa Claus fue deportado en secreto por carecer de pasaporte e introducir mercancías ilegales. Sus renos asegurados, confiscados, enviados días después a Matanzas: en un par de semanas aprendieron el oficio de jalar de una yunta; no tendrán que volver a jalar nunca del vejete ni buscar su alimento bajo el hielo. ¡Dichosos renos en pleno Trópico!
Los regalos fueron donados de inmediato, a excepción de dos de ellos, por parte del Partido Comunista, a los diversos hoteles como una noble causa para la más placentera estancia de visitantes en La Habana.


La excusa que dio Bush la tarde del 25 de diciembre del 2004 en el Disney Channel, retransmitida varias veces al día, hasta el Año Nuevo, fue esta:
“Niños del (primer) mundo, Papá Noé, gran defensor de la paz, al igual que yo, por primera vez en su fantástica labor, sabiendo la falta de cariño y de juguetes que tienen los niños iraquíes, así como los del sureste asiático, víctimas del terrorismo y del maremoto, telefoneó para informarme que este año decidió donar todo su cargamento de espléndidos obsequios en esas tierras. ¡Dios bendiga América! –con los ojos humedecidos- ¡Dios bendiga al querido Papá Noé! ¡Te extrañamos, amigo mío! ¡Regresa pronto!”
Pocos segundos fueron bastantes para que Bush se secara esas lacónicas lágrimas de sus mejillas para despedirse:
“¡Ya vendrán más navidades, hijos míos. Ya retornará nuestro amado Noé”! –dándose esos aires de torpeza que lo orillan a mostrar apenas el fino cable oculto detrás de su oreja.
Todo sucedió tan rápido aquel día que CNN no tuvo tiempo de censurar completas las imágenes programadas, editadas: bastaba tomar el control de la televisión para evidenciar la gran mentira.


Mientras el Disney Channel retornaba por primera vez a su programación habitual y millones de niños desilusionados, enojados en Estados Unidos y Europa, principalmente, revelaban a sus padres que el tal Noé suele acostarse lo mismo con Blanca Nieves que con la esposa de Homero Simpson, entre otras personalidades femeninas del Internet, Fidel descolgó su teléfono privado al tiempo que regocijaba su vista con ese flamante Cadillac 2005 de treinta centímetros de longitud, el cual incluye hasta la fecha control remoto en la dirección, reversa, luces y hasta puertas delanteras; abollado un poco de tanto chocarlo contra las patas de su escritorio, las gruesas paredes y hasta una escopeta que termina por dispararse sola, abriendo un boquete en el techo.



-¡Ché! –grita Fidel- ¡Ja! ¡Perdiste la apuesta! –suelta el control del juguete para empuñar las barbas blancas de Santa.

Por su parte, llorando inconsolable, Bush se mete por enésima vez a su baño privado. El regalo que Santa traía para él acaba de estallar muy lejos de su destino.
Un avión calienta motores muy cerca de Camp David…

La Historia es una Opereta


REQUIEM PARA UN ARBUSTO






NOTAS DEL AUTOR:


A lo largo de la obra la escenografía será la misma: cuadrados, simples y burdos cuadrados; así como cuadros enmarcando banalidades diversas. También se verán cubos sobrepuestos o cubriendo parcialmente a otros cuadrados; algunos escondidos por ahí entre otros rectángulos más grandes ocultando perros calientes (no confundir con hot-dogs; me refiero a pornografía de tercera clase. Hay que tomar en cuenta que en Europa también se ha creado el porno-arte).
En fin, cuadriformes ajedrezados, multicolores y multiformes; a tal grado que el escenario lucirá cual tetraedro tendiendo a círculo perfecto; entre uno que otro objeto que iré mencionando por ahí.
Respecto a la ambientación, caracterización y ubicación exacta de los personajes, sinceramente me dio flojera al menos imaginarla. Conforme el espectador se vaya compenetrando en la obra estoy seguro que estos aspectos brotarán de su imaginación de manera perfecta. Como primera opción, imaginémoslos a todos con uniformes de presidiarios, en celdas húmedas, frías y en completa penumbra.

Por último, si lo que estás a punto de leer, en lugar de parecerte una obra de teatro, por momentos tiende a poseer la estructura de un cuento, digamos que está en proceso de convertirse en eso, en un cuento; o tal vez así se quede… no hay nada como la imaginación expandida.

Dicho lo anterior, procedo:


PRIMER ACTO

El líder de la banda se sirve otro whiskey con agua mientras el jefe de pistoleros, a sus espaldas, está a punto de convencer a la hija de aquel de que su lesbianismo se basa en una fijación infantil relacionada con la Barbie. –El cerebro del jefe de pistoleros debe ser algo así como una gelatina a medio cuajar dentro de un dado.
El líder suda, tose, eructa, escupe; con ese rostro chistoso que a todos nos recuerda el eterno monigote de la portada de la revista Mad; perdiendo la compostura sobre un rectángulo dorado, horizontal; borroneando en una hoja de papel con ese lápiz mordisqueado.


SEGUNDO ACTO

Otro rectángulo, tridimensional, de color negro, colocado verticalmente al pie del escenario. En su cima, un teléfono que suena sin que nadie lo conteste. Finalmente se escucha la grabación, misma que es audible hasta en los baños del teatro: “Hi!..... Fuck you!..... Ja ja ja ja ja!.... Hic!”
Por su parte, el mensaje que deja el interlocutor es escueto, terroríficamente emocionante, con un claro acento árabe:
“¡Os amo!”... clic. –era un agente de ventas.


TERCER ACTO

Sin personajes. Cortina de confeti cuadriculado cayendo en el escenario.
Una voz en off, madura, femenina, intimidatoria, con eco discreto:
“Por seguridad nacional, todas las fábricas, almacenes y distribuidoras de bicicletas y papas fritas, sin importar marca, convenios, contratos o cualquier tipo de transacción aquí o con empresas o gobiernos extranjeros, se encuentran desde las diez de la noche de hoy resguardados por el ejército. Se decreta toque de queda desde la misma hora y hasta las seis de la mañana a ciclistas y comedores de frituras en territorio estadounidense y sus colonias hasta nuevo aviso”.


CUARTO ACTO

El hermano del líder, como buen nacionalista, lucha incansable contra huracanes en un programa de computadora. Cada sesenta segundos en promedio –cada vez que pierde puntos- voltea sobre su derecha hacia un cuadro en tonos pastel que enmarca la fotografía de su padre: cayendo en paracaídas durante la segunda guerra mundial, sonriendo como Mickey Mouse, sintiéndose Superman.


QUINTO ACTO

La quijada del líder de la banda resbala de su mano derecha golpeándose contra el horizontal dorado –las precauciones del ejército no fueron suficientes…- provocando que despierte; sin lograr ubicar ni reconocer los gritos de su hija en el piso de arriba.
El líder balbucea:
-¡Cómo me gustaría ser niño otra vezzz!
Suda, tose, eructa, escupe sobre la alfombra. No se percata de que sigue siendo un niño.


SEXTO ACTO
De nueva cuenta el hermano del líder, eufórico. A tal grado que brinca de la silla para besar una y otra vez el retrato de su padre; enredándose a su paso con los cables de la computadora, tirando al suelo el teclado y desenchufando el monitor en el cual, segundos antes, entre chispitas de colores, lo acababan de graduar como apto para apagar –literal- huracanes, tifones, tornados y “cualquier otra cosa que de vueltas”. –Este hecho tendrían que analizarlo de inmediato en Harvard o en Yale; quizás mañana no suenen a victoria esas huecas campanas de Wall Street.


SEPTIMO ACTO

(La escenografía se modifica ligeramente: ahora los cuadrados, cuadros, cubos y rectángulos lucen todos en azul, blanco y rojo, mediocremente distribuidos. Se escucha “God Bless America” en una extraña y acaramelada versión con Michael Jackson).

El líder tiene ocho años de edad; desde hace al menos ocho años que su mente es cuadrada. Debido a esto, tarda una hora completa en encontrar en un diccionario inglés-español el significado de su primer apellido en dicho idioma; luego de que una niña de ascendencia latina, en la escuela, afirmara que su apellido era ridículo.
Alguna cualidad debía tener el niño George: la curiosidad; a pesar de que cinco décadas después su descarado fisgoneo lo orillara a distraerse con un hormiguero mientras conducía su bicicleta –hay que recordar que sigue siendo un niño.
Si al menos se hubiera partido la boca por culpa de un escote femenino invitándolo a compartir sus “Pringles” y otras delicias.
Pero bueno, estábamos en que el líder tiene ocho años y busca en un diccionario el significado de su primer apellido en español –lo aclaro de nuevo por si algún día ese pobre diablo lee esto; tengámosle paciencia.
Sus dedos flácidos siguen la lista en la letra “b” del diccionario: burrow… burst… bury… bus…
Aun cuando las palabras anteriores también podrían definirlo perfectamente, ¡al fin! ¡al fin el niño torpe se topa con el significado del apellido del Futuro Caudillo de la Paz!:

“Bush: arbusto, mata, matorral”.


OCTAVO ACTO

Gritos de tercera clase en todas las habitaciones de los pisos superiores.
El líder no puede más. Alcanza a llegar al jardín en cuatro patas, luego de abrir desesperado la puerta de cristal de la sala para vomitar toda su banalidad al pie de un rose-bush que nada tiene de cuadriforme.
Sudando como puerco tose como tuberculoso, escupe pedazos de lápiz y los restos de un litro de whiskey. Parece contestar el teléfono:
-Sheet!!!..... coff coff!!!..... Bush? Sheet!..... coff coff!!!..... Busheet!!!


NOVENO ACTO

Su médico de cabecera toma la presión al Presidente mientras una enfermera le sirve otro vaso con agua y carbonato de sodio diluido –podría ser otro whiskey con agua pero el licor se terminó anoche: el ejército le ha prohibido desde ayer subirse a bicicletas; vaya líder.
La costumbre -¿o el reflejo?- obliga a George a mezclar el agua y el carbonato con ese pedazo de lápiz que bien podría servir para identificar sus maxilares en caso de un desafortunado ataque terrorista.
El Presidente suspira profundo intentando recordar qué día es hoy al tratar de acordarse de lo que hizo ayer. Su mente está en blanco. Lo mismo le sucede pretendiendo ordenar la agenda del día de mañana, pero no la encuentra en ninguna parte –la agenda está a medio metro de su mano derecha, debajo de los calzones de manga, a rayas, del jefe de pistoleros.
Lo mejor que podría hacer es anotar la fecha de su muerte al frente de la carta que aún no empieza a escribirle a su madre desde anoche; olvidando por completo las obligaciones de su puesto como gerente de la empresa. Por ejemplo, supervisar los reportes de los agentes de ventas en Oriente Medio.

Al menos Hitler se suicidó. En cambio este jumento simplemente se queda de nueva cuenta dormido sobre el rectángulo dorado con la quijada entre sus manos; mientras su cigarrillo –cubano, lo que son las cosas; lo que son las bromas- resbala del cenicero hasta la alfombra cochambrosa. Sus innumerables escupitajos, frescos, no logran apagarlo…


FIN DE LA OBRA


Baja el telón. Sube el telón.
Un arbusto viejo, ladeado, carbonizado; dentro de una maceta redonda, de plástico quebradizo; semicercado por un pequeño matorral de la misma familia del arbusto, chisqueante, humeante; ubicados todos en conjunto al frente de aquellos fastidiosos cuadrados ahora fundidos, informes, olorosos a barata ostentación, a petulancia achicharrada.

Mientras el telón sigue subiendo y bajando lentamente, el público aplaude emocionado; al compás de Singin’ in the Rain que se escucha de fondo; obsequiándole su último adiós a esa extraña parentela –incluso gritarían vivas si no fuera por las máscaras antigases.
El telón se detiene, corrido, caído, abaratado, con sus nudos carnavalescos convertidos en cenizas ignoradas por los últimos espectadores que abandonan paso a paso los palcos y las graderías entre un murmullo amenazante.
Minutos más tarde, la calle se convierte en fiesta. La sirena de los bomberos se escucha cercana.
La gente se abraza, grita urras, llora emocionada arrancándose las máscaras antigases; segura de que el terrorismo, al menos el terrorismo hipócrita, ha sido derrotado.


En fin, esta ha sido la breve obra de teatro, con tintes de cuento, titulada “Réquiem para un Arbusto”.
Para contratación de los actores (los actores han muerto calcinados –¡Dios bendiga América!, desde el Río Bravo hasta la Tierra del Fuego-; pero vamos, nunca falta un incauto):
-Madrid: 55368989. Preguntar por el señor Aznar.
-Londres: 87211878. Un tal Blair seguía siendo hasta ayer el encargado de la oficina. Nota: Llamar entre 7:00 AM y 7:05 AM, hora local. Fuera de este horario el miedo le impide tomar el auricular.
-En el Imperio: Si el insecto no se encontraba merodeando el follaje durante el incendio, busca a Colin; o a su mozo, Koffi.


FIN DEL CUENTO.

lunes 12 de marzo de 2007

La Nueva Prehistoria: comencemos...


RENACIMIENTO DE LA EDAD MEDIA


… Séptimo reporte:
Para que comprendan bien esta nueva crónica, hay que recordar que ha pasado mucho tiempo desde la rendición del imperio; aunque pensándolo bien, partiendo de las insólitas circunstancias al final de aquella guerra que todos quisiéramos olvidar, se trató de la aceptación de la derrota por parte de ambos frentes, el abandono de las causas –si es que las hubo realmente- por parte de los dos ejes aliados. ¿O fueron cuatro los frentes? ¡Fue todo tan confuso aquí!
¡Qué importa ya! La realidad es la vida miserable que siguen llevando casi todos los pueblos actualmente; incluyendo el arrasado imperio.

Un último apunte: los nombres a los que me referiré están basados en mi anterior supervisión, a pesar de que ya no existen como tales.

Es curioso, a pesar del fatal y vergonzoso fin que tuvieron en su momento, se corre el rumor de que vuelven a brotar iniciativas monárquicas muy al sur del antiguo Mar del Norte –ahora unido al océano Atlántico por efecto del derretimiento polar-. Incipientes brotes por parte de los herederos de señores feudales que desde hace pocos siglos vienen ejerciendo dominio sobre sus habitantes, sus vasallos, aprovechando que los vientos malignos nunca perjudicaron de manera importante aquella región del planeta.

Dos excepciones más al respecto se encuentran en los alrededores de las entonces ciudades de Melbourne y Calcuta, ahora conocidas como Dankera y Tiam, respectivamente; las únicas urbes que han logrado ciertos progresos, sobre todo en la arquitectura.
En estos dos nuevos centros de población se viene desarrollando de manera lenta pero firme una incipiente expansión económica con titubeante aunque también noble certeza política. Es un hecho que el mundo entero se encuentra a la deriva ideológica.
A pesar de encontrarse tan separadas entre sí por ese mar hasta cierto punto sano, estas capitales sin nación han llegado a un acuerdo en los escasos contactos protagonizados por sus emprendedores pueblos: equilibrar sus economías por medio del trueque de ladrillo de ceniza compactada que la gente de Dankera fabrica en serie, en islas que alguna vez florecieron en el sureste asiático; y frutales exóticos, por otra parte, originales de las vastas planicies de Tiam; reiniciándose también en este mundo peligrosas expediciones geográficas, utilizando para tal efecto la madera de Tiam, al construir con ella enormes barcos con gigantescas velas que generalmente deben sustituir cada mil millas –la milla náutica es una unidad de medida rescatada desde antes de la guerra; así como la idea de la redondez de la Tierra; sin embargo algunos navegantes de la región siguen temerosos al respecto-, cuando se aventuran más allá del gran océano: el aura del sol parece carcomerlas sin piedad.

Cabe destacar el ingenio de los oriundos de Tiam, los cuales han compartido su secreto con la gente de Dankera: la mutación química del néctar de un fruto redondo y duro como una piedra, el cual crece en lo alto de unos árboles inmensos, ha resultado perfecto para proteger sus cuerpos de la peligrosidad que representa para ellos el viento cuando estos audaces navegantes han osado explorar las tierras del último imperio; sin tener idea de dicho imperio en sus memorias heredadas.
A menudo estos valientes aventureros se preguntan lo que habrá sucedido en aquellas laderas donde a veces logran encontrar restos orgánicos en proceso de convertirse en una extraña clase de fósil-combustible, entre la vastedad carbonizada. Desgraciadamente también existen hombres que comienzan a idear la manera de industrializar el ladrillo negro en aquel lado del planeta, con animalescos afanes de poder.
Pero sobre todo prevalece entre estas ciudades una paz estable apoyada por cierto instinto religioso, también heredado de manera rudimentaria, sin dogmas. Confuso, es verdad. Intenso, real.

Inician vestigios civilizadores en el extremo noroeste de Tiam, basados en antiquísimas deidades sobrevivientes en piedra; pero la vida miserable, el desconocimiento científico y la falta de sanidad prevalecen en el planeta. Muchos siguen siendo los muertos por epidemias en estos tres centros humanos adelantados en comparación con el resto; futuros renacentistas si todo sigue por buen cauce; así como en los feudos en vísperas de reinaugurar proyectos monárquicas.

Los tiameños han levantado soberbias columnas de piedra que podrían catalogarse como neo-góticas –una vez más comprobamos que la información genética predomina; a pesar de sus efectos negativos: intuyo cierta fase en el pensamiento terrícola actual aferrado a un miedo sin sustento, intuitivo, ingobernable, al menos de momento-. Esta idea acompaña de igual manera a sus arcos romboidales; bóvedas interiores con aristas labradas que reflejan un indescriptible, e incomprensible para mí, pánico en sus figuras. Quizás angustia ante algo que los sobrevivientes temieron, vivieron en demasía en el inicio de la nueva era.
Estas construcciones logran una impresionante claridad en la estructura completa. Han aprendido a ser verdaderos artistas de la ligereza, amplitud y elevación de espacios con grandes ventanales de vidrio policromado, el cual obtienen a pesar de la arena también transformada en su composición química como resultado de la lejana catástrofe.Seguramente necesitaron legiones de obreros para lograr tal magnificencia de estructuras; sus ingenieros y artistas fueron geniales, reflejando, sobre todo, gran respeto por la naturaleza; y es que en términos generales, desde mi última visita, poco después de la hecatombe, la supervivencia de este planeta continúa basada en el miedo al medio ambiente.




Octavo reporte:
Siguiendo con mi información de rutina, en Venus la vida se desarrolla sin mayores contratiempos gracias a la semilla traída desde el planeta vecino hace unos cuantos milenios. Su fina atmósfera ha sido bien adoptada por los microbios mutantes día tras día en lento progreso que seguramente desencadenará en organismos superiores. Es admirable la metamorfosis que los seres unicelulares adoptan ante la mezcla del inclemente calor solar y el agua salina; y a la vez es una lástima que la agudeza e intuición de una civilización tan desarrollada no pueda ver su propio milagro logrado aquí; conformándose ahora con admirar el lejano Lucero Matutino, como ellos lo llamaban, incluso con espanto, con terror, al alba, en algunas regiones del globo azul.
Me pregunto si aquellos antiguos terrestres hubieran admirado su morada desde aquí, tal vez esa civilización homogeneizada aún existiría...